Numerosos individuos utilizan cotidianamente un
violento proceder en las actividades que ejercen, cualesquiera que estas sean. Todos hemos
sido destinatarios de malos tratos de ciudadanos enojados en sus puestos de trabajo, transeúntes
agresivos y desconocidos brutos. Quizá algunos de nosotros hemos sido también
esas personas que han realizado actos de violencia a perfectos desconocidos o que los realizamos con personas más cercanas. No son novedosas las problematizaciones como esta sobre la
violencia, y tampoco procuro afirmar que su existencia actual es mayor que la de
otras épocas; me propongo reflexionar sobre algunas de sus causales.
Causa primera.
La carencia de aptitudes dialogales de muchas personas
hace que el mejor modo de manifestarse en su desacuerdo o descontento sea un
exabrupto violento. Con esto me refiero no solo a la incapacidad de recurrir a
términos del idioma matizados mediante los cuales se puedan graduar las
discrepancias, por falta de vocabulario, sino también a la incapacidad de
argumentar racionalmente las posturas que se sostienen. Muchas veces esto
radica en que la persona que recurre a la violencia para la expresión de ideas,
en el fondo, no tiene ninguna idea clara y distinta que expresar. Para ello,
hace falta un proceso reflexivo que clarifique lo que ha de defenderse, y que
conlleva la elaboración de argumentos fundamentados mediante los cuales se
pueda convencer a la otra persona de que lo que se dice es verdadero.
Si la persona no realiza este proceso mental, que si bien está condicionado, no
está determinado por el nivel educativo que se posea, es imposible entablar un
diálogo real con otra persona; sobre todo si la otra discrepa, real o
aparentemente con las posturas.
Con esto refiero al vaciamiento ideológico que hay de
fondo en las reacciones violentas. Una persona que es capaz de defender una
postura mediante una serie de postulados que se ha tomado el tiempo de meditar
y justificar, no recurre como primera manifestación de los mismos a una
imposición por la fuerza - sea bruta o de entonación de voz-. No lo hace
porque, en principio se considera capaz de transmitir sus ideas de
modo correcto a través de la palabra, y porque considera a su interlocutor lo
suficientemente racional como para comprender los motivos que hay tras la
postura que sostiene. En ocasiones, también, la reacción violenta se sustenta
en una no consideración del otro como interlocutor digno, es decir, se
visualiza al alter como un ser
inferior, que solo puede acatar indicaciones, como los animales, y al que no
hace falta más que acarrearlo, incluso recurriendo a su desmoralización, para
que acepte algo que no puede llegar a comprender con contenidos razonables; es
la animalización del interlocutor, que lleva consigo la anulación, desde el
inicio, del intercambio ideológico humano. Lo que el sujeto violento no puede
comprender es que al quitarle la humanidad a aquel a quien pretende "guiar",
se la quita a sí mismo, porque anula la posibilidad de ser receptor de ideas
ajenas; en su sesgado dogmatismo lunático no hace más que animalizarse al no
postularse como sujeto poseedor de capacidad de raciocinio.
Pareciera que mi argumentación está siendo centrada en
un contexto más bien discursivo, pero en realidad, estos postulados pueden
aplicarse a cualquier situación cotidiana. Si yo entiendo que alguna persona
está realizando una actividad que no considero conveniente, o que valoro
perniciosa en algún respecto, es necesario que se lo transmita primeramente en
un tono amable, argumento el por qué de mi opinión y solicitando modifique su
conducta, en pos del bien común. Lo mismo si alguien me dice a mi mismo que
alguna acción que realizo no es buena o causa perjuicios, en ese tono, no solo
será mejor recibida, aunque no cumpla con los requerimientos de quien me lo
propone, sino que estaré más dispuesto a decirle mis razones para realizar la
acción. Los gritos, improperios, y puños cerrados anulan el buen trato, no es
novedad.
Causa segunda.
La imposibilidad de la canalización de la violencia
que cada ser humano contiene en sí por ciertas realidades que oprimen la
concreción inmediata de sus deseos, es para mí la segunda causa de la violencia
que se vive. Como ya mucho teóricos han analizado, el modo de vida
contemporáneo, en el cual el individuo se ve sujeto a ciertas obligaciones que
le requieren posponer la realización inmediata del placer, hace que este genere
ciertas frustraciones que acumula en este diario proceder. En un ejemplo
sencillo, podríamos decir que frente a la necesidad de descansar lo suficiente,
muchas veces las personas deben interrumpir su sueño para cumplir con
obligaciones laborales o de similar índole; esto genera que el individuo interrumpa
un estado de placer para cumplir con una actividad que coercitivamente debe
realizar, y esto le genera un malestar. Aplíquese este ejemplo a innumerables
situaciones, muchas veces inmensamente más complejas.
En esta rutina de pesar y de interrupción de los
deseos es que el individuo comienza a gestar en su ánimo ciertas incomodidades
que llegado un punto se manifiestan en conductas violentas. Así, muchas veces
personas que no son realmente culpables de la situación en que se encuentra el
individuo que se ha frustrado, terminan siendo receptoras de su proceder
violento. El malestar que esto mismo genera comienza a producir una cadena de
violencia que se desarrolla del modo que tan a menudo logramos
visualizar.
La solución sería que los individuos lograsen
canalizar esos impulsos en otras actividades que lo liberasen de esos impulsos
violentos. Así, la persona estaría mejor consigo misma y podría entonces
desalentar la necesidad de contribuir al círculo de violencia existente. El
arte, el deporte, el tiempo libre bien entendido, la concreción de metas
personales, y todo aquello que contribuya a que el individuo se realice en su
cotidianeidad son formas en que este sentir puede mitigarse.
Causa tercera.
La normalidad de la violencia, el acostumbramiento a
la misma, la trivialización de sus efectos, es el tercer motivo por el cual es
tan común que esto suceda. Perder la capacidad de asombro en lo que a los
efectos de la violencia refiere, es un modo de naturalizarla, y de quitarle,
muchas veces, lo irracional y desnaturalizada que es en sí. Como comúnmente las
personas ven, escuchan, saben de situaciones de extrema violencia. Hay millones
de vídeos en internet, es cosa sabida; pasan esos mismos vídeos en horarios
donde los televidentes son de todas las edades. No importa cuánto intente
evitarse, la violencia se inserta en la vida de las personas comunes, al punto
de que situaciones que antes podían horrorizar a quien las contemplaba, hoy en
día pueden causar desagrado, pero no indignación, pero no extrañamiento, y
evidentemente tampoco demasiadas ganas de contrarrestar esta situación por
parte de la mayoría de la población. Es claro, si un programa amarillista sube
cada vez más su audiencia es porque hay del otro lado una cantidad enorme de
personas que gozan con la contemplación de estos actos; los vídeos sobre
tragedias filmadas en vivo y directo se vuelven virales en internet en muy
pocas horas. Claramente, el ser humano siente algún tipo de atracción natural a
la contemplación de la violencia, pero eso es educable, en parte.
El mejor modo de revertir esta atracción natural que
se siente, es no naturalizando la contemplación de la violencia misma, que
conlleva, sobre todo en los más jóvenes, una tendencia a la reproducción de la
misma. Es simple, si lo que veo a diario, cada vez más explícito y desgarrador,
se torna inversamente proporcional a mi incapacidad de contemplarlo, llevar
estos actos a la realidad, si bien no es que sea algo que se
da automáticamente ni mucho menos - por suerte - en la mayoría de los
casos, es algo mucho más fácil. Si la violencia se desnaturaliza, se vuelve a
resaltar su carácter de horror, y esto restaura la capacidad de asombro y el
rechazo de las personas a situaciones que no son propias de la normalidad. En
caso contrario, el acostumbramiento genera una aceptación mayor de la violencia
en la realidad.
Causa cuarta - y
final-.
La incapacidad de las personas de plantear situaciones
explícitamente, en el momento indicado, es otro componente que alimenta
las manifestaciones violentas de planteos de situaciones incluso a
veces triviales. Cuando estos no se realizan en el momento en que deben y al
destinatario al que deben ser presentados, comienza a gestarse un sentimiento
de rencor, muchas veces alimentado por imaginaciones propias de la personas que
consigo misma o en conversación con otros, comienza a hacer de los planteos
iniciales una gran "bola de nieve", que al momento de transmitirlos a
los otros se han trocado en algo mucho más complejo, y que merece una reacción
mucho más violenta de lo que hubiese sido inicialmente. Esto es lo que la
persona increpado recibe, y por ende, en consecuencia de lo que responde.
El miedo inicial al "choque" con el otro
hace que lo que suceda posteriormente sea aún peor. Si las personas tuvieran la
valentía de defender sus convicciones en los momentos indicados, a quienes
deben ser dirigidas, y con el tono correcto, muchas de las reacciones de
violencia, sea esta explícita o subyacente, podrían ser dejados de lado.
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Reflexiones finales.
La violencia, tan prostituida en su análisis, no es
más que la manifestación de la incapacidad del ser humano de poner en práctica
sus facultades más elevadas para el intercambio con los demás. Tal como lo
planteaba Pascal, conviven en el hombre la naturaleza de lo más bajo y lo más
elevado, y estas dos fuerzas lo tensan como una cuerda jalada desde dos
extremos. En tanto su conciencia y capacidad de discernimiento y decisión sean
fortalecidas, será menguada la violencia innecesaria. Por algo ninguno de los
grandes pensadores de la historia ha arengado a la violencia per se, y aquellos que las
han mencionado como herramienta, siempre ha sido para conseguir un fin
superior, en el cual esta esté erradicada del todo. No creo que se pueda
justificar la paz por la violencia, pero, como dije, hay muchos tipos de
violencia que no solo la física que oprimen a las personas en su vida
cotidiana. Es por ello que hay que considerar, en cada contexto histórico, si
un acto violento puede erradicar de raíz un proceder violento de unos pocos a
unos demasiados. Creo que hay medios mejores.