jueves, 12 de septiembre de 2013

La violencia nuestra de cada día.

Numerosos individuos utilizan cotidianamente un violento proceder en las actividades que ejercen, cualesquiera que estas sean. Todos hemos sido destinatarios de malos tratos de ciudadanos enojados en sus puestos de trabajo, transeúntes agresivos y desconocidos brutos. Quizá algunos de nosotros hemos sido también esas personas que han realizado actos de violencia a perfectos desconocidos o que los realizamos con personas más cercanas. No son novedosas las problematizaciones como esta sobre la violencia, y tampoco procuro afirmar que su existencia actual es mayor que la de otras épocas; me propongo reflexionar sobre algunas de sus causales.

Causa primera.
La carencia de aptitudes dialogales de muchas personas hace que el mejor modo de manifestarse en su desacuerdo o descontento sea un exabrupto violento. Con esto me refiero no solo a la incapacidad de recurrir a términos del idioma matizados mediante los cuales se puedan graduar las discrepancias, por falta de vocabulario, sino también a la incapacidad de argumentar racionalmente las posturas que se sostienen. Muchas veces esto radica en que la persona que recurre a la violencia para la expresión de ideas, en el fondo, no tiene ninguna idea clara y distinta que expresar. Para ello, hace falta un proceso reflexivo que clarifique lo que ha de defenderse, y que conlleva la elaboración de argumentos fundamentados mediante los cuales se pueda convencer a la otra persona de que lo que se dice es verdadero. Si la persona no realiza este proceso mental, que si bien está condicionado, no está determinado por el nivel educativo que se posea, es imposible entablar un diálogo real con otra persona; sobre todo si la otra discrepa, real o aparentemente con las posturas. 

Con esto refiero al vaciamiento ideológico que hay de fondo en las reacciones violentas. Una persona que es capaz de defender una postura mediante una serie de postulados que se ha tomado el tiempo de meditar y justificar, no recurre como primera manifestación de los mismos a una imposición por la fuerza - sea bruta o de entonación de voz-. No lo hace porque, en principio  se considera capaz de transmitir sus ideas de modo correcto a través de la palabra, y porque considera a su interlocutor lo suficientemente racional como para comprender los motivos que hay tras la postura que sostiene. En ocasiones, también, la reacción violenta se sustenta en una no consideración del otro como interlocutor digno, es decir, se visualiza al alter como un ser inferior, que solo puede acatar indicaciones, como los animales, y al que no hace falta más que acarrearlo, incluso recurriendo a su desmoralización, para que acepte algo que no puede llegar a comprender con contenidos razonables; es la animalización del interlocutor, que lleva consigo la anulación, desde el inicio, del intercambio ideológico humano. Lo que el sujeto violento no puede comprender es que al quitarle la humanidad a aquel a quien pretende "guiar", se la quita a sí mismo, porque anula la posibilidad de ser receptor de ideas ajenas; en su sesgado dogmatismo lunático no hace más que animalizarse al no postularse como sujeto poseedor de capacidad de raciocinio. 

Pareciera que mi argumentación está siendo centrada en un contexto más bien discursivo, pero en realidad, estos postulados pueden aplicarse a cualquier situación cotidiana. Si yo entiendo que alguna persona está realizando una actividad que no considero conveniente, o que valoro perniciosa en algún respecto, es necesario que se lo transmita primeramente en un tono amable, argumento el por qué de mi opinión y solicitando modifique su conducta, en pos del bien común. Lo mismo si alguien me dice a mi mismo que alguna acción que realizo no es buena o causa perjuicios, en ese tono, no solo será mejor recibida, aunque no cumpla con los requerimientos de quien me lo propone, sino que estaré más dispuesto a decirle mis razones para realizar la acción. Los gritos, improperios, y puños cerrados anulan el buen trato, no es novedad.    

Causa segunda.
La imposibilidad de la canalización de la violencia que cada ser humano contiene en sí por ciertas realidades que oprimen la concreción inmediata de sus deseos, es para mí la segunda causa de la violencia que se vive. Como ya mucho teóricos han analizado, el modo de vida contemporáneo, en el cual el individuo se ve sujeto a ciertas obligaciones que le requieren posponer la realización inmediata del placer, hace que este genere ciertas frustraciones que acumula en este diario proceder. En un ejemplo sencillo, podríamos decir que frente a la necesidad de descansar lo suficiente, muchas veces las personas deben interrumpir su sueño para cumplir con obligaciones laborales o de similar índole; esto genera que el individuo interrumpa un estado de placer para cumplir con una actividad que coercitivamente debe realizar, y esto le genera un malestar. Aplíquese este ejemplo a innumerables situaciones, muchas veces inmensamente más complejas. 

En esta rutina de pesar y de interrupción de los deseos es que el individuo comienza a gestar en su ánimo ciertas incomodidades que llegado un punto se manifiestan en conductas violentas. Así, muchas veces personas que no son realmente culpables de la situación en que se encuentra el individuo que se ha frustrado, terminan siendo receptoras de su proceder violento. El malestar que esto mismo genera comienza a producir una cadena de violencia que se desarrolla del modo que tan a menudo logramos visualizar. 

La solución sería que los individuos lograsen canalizar esos impulsos en otras actividades que lo liberasen de esos impulsos violentos. Así, la persona estaría mejor consigo misma y podría entonces desalentar la necesidad de contribuir al círculo de violencia existente. El arte, el deporte, el tiempo libre bien entendido, la concreción de metas personales, y todo aquello que contribuya a que el individuo se realice en su cotidianeidad son formas en que este sentir puede mitigarse. 


Causa tercera.
La normalidad de la violencia, el acostumbramiento a la misma, la trivialización de sus efectos, es el tercer motivo por el cual es tan común que esto suceda. Perder la capacidad de asombro en lo que a los efectos de la violencia refiere, es un modo de naturalizarla, y de quitarle, muchas veces, lo irracional y desnaturalizada que es en sí. Como comúnmente las personas ven, escuchan, saben de situaciones de extrema violencia. Hay millones de vídeos en internet, es cosa sabida; pasan esos mismos vídeos en horarios donde los televidentes son de todas las edades. No importa cuánto intente evitarse, la violencia se inserta en la vida de las personas comunes, al punto de que situaciones que antes podían horrorizar a quien las contemplaba, hoy en día pueden causar desagrado, pero no indignación, pero no extrañamiento, y evidentemente tampoco demasiadas ganas de contrarrestar esta situación por parte de la mayoría de la población. Es claro, si un programa amarillista sube cada vez más su audiencia es porque hay del otro lado una cantidad enorme de personas que gozan con la contemplación de estos actos; los vídeos sobre tragedias filmadas en vivo y directo se vuelven virales en internet en muy pocas horas. Claramente, el ser humano siente algún tipo de atracción natural a la contemplación de la violencia, pero eso es educable, en parte. 

El mejor modo de revertir esta atracción natural que se siente, es no naturalizando la contemplación de la violencia misma, que conlleva, sobre todo en los más jóvenes, una tendencia a la reproducción de la misma. Es simple, si lo que veo a diario, cada vez más explícito y desgarrador, se torna inversamente proporcional a mi incapacidad de contemplarlo, llevar estos actos a la realidad, si bien no es que sea algo que se da automáticamente ni mucho menos - por suerte - en la mayoría de los casos, es algo mucho más fácil. Si la violencia se desnaturaliza, se vuelve a resaltar su carácter de horror, y esto restaura la capacidad de asombro y el rechazo de las personas a situaciones que no son propias de la normalidad. En caso contrario, el acostumbramiento genera una aceptación mayor de la violencia en la realidad. 


Causa cuarta - y final-.
La incapacidad de las personas de plantear situaciones explícitamente, en el momento indicado, es otro componente que alimenta las manifestaciones violentas de planteos de situaciones incluso a veces triviales. Cuando estos no se realizan en el momento en que deben y al destinatario al que deben ser presentados, comienza a gestarse un sentimiento de rencor, muchas veces alimentado por imaginaciones propias de la personas que consigo misma o en conversación con otros, comienza a hacer de los planteos iniciales una gran "bola de nieve", que al momento de transmitirlos a los otros se han trocado en algo mucho más complejo, y que merece una reacción mucho más violenta de lo que hubiese sido inicialmente. Esto es lo que la persona increpado recibe, y por ende, en consecuencia de lo que responde. 

El miedo inicial al "choque" con el otro hace que lo que suceda posteriormente sea aún peor. Si las personas tuvieran la valentía de defender sus convicciones en los momentos indicados, a quienes deben ser dirigidas, y con el tono correcto, muchas de las reacciones de violencia, sea esta explícita o subyacente, podrían ser dejados de lado. 


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Reflexiones finales.
La violencia, tan prostituida en su análisis, no es más que la manifestación de la incapacidad del ser humano de poner en práctica sus facultades más elevadas para el intercambio con los demás. Tal como lo planteaba Pascal, conviven en el hombre la naturaleza de lo más bajo y lo más elevado, y estas dos fuerzas lo tensan como una cuerda jalada desde dos extremos. En tanto su conciencia y capacidad de discernimiento y decisión sean fortalecidas, será menguada la violencia innecesaria. Por algo ninguno de los grandes pensadores de la historia ha arengado a la violencia per se, y aquellos que las han mencionado como herramienta, siempre ha sido para conseguir un fin superior, en el cual esta esté erradicada del todo. No creo que se pueda justificar la paz por la violencia, pero, como dije, hay muchos tipos de violencia que no solo la física que oprimen a las personas en su vida cotidiana. Es por ello que hay que considerar, en cada contexto histórico, si un acto violento puede erradicar de raíz un proceder violento de unos pocos a unos demasiados. Creo que hay medios mejores. 


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