miércoles, 17 de julio de 2013

Es lo que hay, valor. Hay valor.

Hola, soy profe. Hace una hora y media estoy sentada en la mesa de la cocina, escuchando música lenta, tomando mate y corrigiendo escritos. Voy corrigiendo seis; los leo con cuidado. Marco errores, felicito logros, puntúo lo escrito y doy un juicio y nota final. Aliento al que no logra lo mínimo para la suficiencia y aliento también al que sí. Agarro cada uno de los escritos y veo una cara, en general una sonrisa transparente. Veo una historia, una personalidad, un alguien en quien influye lo que le digo. Una persona en formación que espera de mí toda mi atención y mi cuidado para ser mejor. Por eso hace horas que releo respuestas tan diversas a las mismas preguntas, porque cada uno de los autores de estos escritos se merece lo mejor de mí. 

No soy diferente de otros profes. Tengo casi doscientos alumnos a los que dedico el mismo tiempo que ahora. Veo la pila de hojas y me desespera saber que voy a tener que invertir tantas horas en prestar la debida atención a cada una. Pero cuando se los entrego en la clase y pueden lograr una autoevaluación de sus logros y carencias, me gratifico. 

No soy una mártir por esto, yo lo elegí. Estoy feliz de haberlo hecho. Afuera hace sol, y me dan muchas ganas de sacar mi mate y mi mente un rato a algún espacio abierto, antes de la ola de frío que se pronostica para mañana. Pero tengo que ocupar estas horas libres en mis alumnos, porque es parte de mi tarea, aunque no sea monetariamente redituable. 

Me di cuenta de que con el último tema que planifiqué, no se engancharon mucho los estudiantes. En intervalos irregulares intercalo la corrección con la lectura de materiales pedagógicos y conceptuales de mi asignatura. Además armé una plataforma virtual, para que los gurises tengan un mejor acceso a los contenidos del curso. La tengo que ir actualizando para que esté todo, y contestar las dudas que les surgen y que mediante esta me plantean. Tengo en la cartera un libro nuevo que leo y estudio y del cual me parece que algunos materiales pueden servir para complementar con lo que estamos trabajando. 

Se me ocurrió una idea que puede servir para que dejen de ver los conocimientos como compartimentos estancos, así que hablé con otros profes para coordinar. Como no nos alcanzan las horas que nos pagan de coordinación, armamos algo por email y en conversaciones de pasillos. Además nos tenemos que juntar a corregir y a evaluar resultados. 

No me quejo, aunque así pareciere. Pero quisiera mostrar que los cuarenta -y cinco - minutos u noventa que tengo, una, dos o tres veces por semana, no son lo único que hago cuando digo que soy profe. Mis alumnos son más para mí que una ocupación ese par de días. Pienso en ellos cuando veo películas, escucho canciones y accedo a internet. No hace mucho que me recibí y recién me estoy adaptando al trato con ellos, y me doy cuenta de que necesitan mucho de lo académico, pero además requieren un apoyo más constante para su aprendizaje, que se base en vínculos humanos. 

Entiendo de que las condiciones en las que estudian no contribuyen en su formación. A veces tienen paupérrimas condiciones de vida, familiares y de alimentación, y llegan a un liceo que se cae - literalmente - a pedazos, o cuyos espacios no son suficientes para habitar con comodidad, y cuyos tiempos son limitados, y una vez que finaliza lo formal deben retirarse porque no se pueden quedar todos juntos, no hay lugar. ¿Quién se puede tomar un rato para mostrarles lo que valen realmente, hablar con ellos de sus preocupaciones o plantearle propuestas nuevas para hacer en el liceo?

Hay profes que no tienen de dónde sacar tiempo para pensar cosas nuevas o corregir con cuidado - algunos no quieren, pero otros no pueden-. Eligen, con razón, no darle a este Uruguay más hijos abandónicos, legados a la deriva de la crianza realizada por algún extraño. Otros profes no tienen recursos, monetarios en este caso, de donde sacar materiales para hacer actividades atrapantes. Esas cosas salen dinero: las cartulinas, los marcadores, las fotocopias; y como los gurises no tienen muchas veces, y el sistema no lo da, lo tienen que sacar de su propio bolsillo. Eso condiciona la calidad de las clases. 

No estoy descontenta con mi situación de vida. Soy feliz de pensar y trabajar cada día para estos adolescentes, e imaginarme que con mi granito de arena contribuyo a que el día de mañana sean personas formadas, pensantes, y más felices. Lo que sí me entristece es que no se entienda esta realidad, que se juzgue desde pedestales lejanos. Los que critican muchas veces no conocen ni un rostro adolescente, de estos de verdad, con problemas reales, o no han tratado con estos en más que una ocasión esporádica. Si uno es humano sus situaciones de vida, aprendizaje, y por ende, desarrollo como personas, le pesan en el sentir. 

Pero es más fácil tildar a los profesores de reaccionarios, de patoteros o de avaros. Eso sí me duele. Yo pido lo que es justo para una tarea que debe ser considerada como esencial en la sociedad y salvaguardada como primaria en la vida de las personas. La igualdad no existe en la realidad, si no surge de las oportunidades de educación desde la infancia. 

Por eso, en este ratito que me tomé para poder expresar este sentir hondo, iluminada por los rayos del sol de la tarde y acompañada aún por el mate y la pila de escritos, pido a quienes hablan, que hagan el ejercicio - al menos racional - de considerar lo que implica ser docente, y el valoricen como se debe esta dignísima tarea. 

No hay comentarios :

Publicar un comentario