Los actos de caridad me han provocado, desde siempre, sensaciones encontradas y me han posicionado en una encrucijada a la hora de emitir juicios al respecto. No me siento, como tantos, en la posición de juzgar moralmente las conciencias de aquellos quienes realizan actos de caridad, incluso de las grandes organizaciones que lo hacen, aunque no puedo ignorar que muchas de ellas tiene motivos aledaños para llevarlos a cabo.
No creo estar ante un tema que sea analizable fácilmente porque hay motivaciones intrínsecas, quizá procedentes de unos valores católicos subyacentes en la moral laica que mueven a los individuos a actuar en la inmediatez de las situaciones de carencia de sus semejantes. Y esto, repito, no me parece en principio condenable, porque la indiferencia ante la necesidad del desamparado, sobre todo si esta se plantea en términos de supervivencia, es uno de los mayores males que puede acaecerle a una sociedad. No es allí donde yo veo el dilema.
No creo estar ante un tema que sea analizable fácilmente porque hay motivaciones intrínsecas, quizá procedentes de unos valores católicos subyacentes en la moral laica que mueven a los individuos a actuar en la inmediatez de las situaciones de carencia de sus semejantes. Y esto, repito, no me parece en principio condenable, porque la indiferencia ante la necesidad del desamparado, sobre todo si esta se plantea en términos de supervivencia, es uno de los mayores males que puede acaecerle a una sociedad. No es allí donde yo veo el dilema.
La problemática se genera, en primer término, a partir de la consideración generalizada de que en las acciones concretas culmina lo que se llama caridad. La falta de visibilidad de un horizonte posterior a la realización del acto caritativo alimenta el círculo vicioso de: por un lado, la generación de dependencia a estos actos de benevolencia individuales para la subsistencia de determinados grupos - y en algunos casos, su ensanchamiento- y por otro, descorrer la mira de la necesidad de implementación de planes de acción provenientes de los organismos estatales o sociales correspondientes, que eviten lo primero.
En los países donde se producen crisis económicas - caso 2001-2 uruguayo - que profundizan las brechas entre los estratos de la sociedad y su capacidad de consumo, comienzan a gestarse círculos subculturales, muchas veces opuestos a la cultura dominante, con dinámicas y valores propios que contribuyen a zanjar también la vida cultural de los habitantes. Esto evidentemente dificulta la convivencia y la inserción de los individuos que nacen y se crían en este contexto, en los cuales valores como los del trabajo o el esfuerzo, ya no son tales. Esta realidad, también, tiende a gestar un sentimiento, en algunas personas, de asimetría, que trasciende la dimensión económica, y se traslada a lo moral. A partir este sentir pueden surgir dos modus operandi: o la conmiseración por "el que tiene menos", y la caridad pura y dura; o el desprecio. No voy a hablar del segundo, porque creo que es una actitud infundamentada y de por sí despreciable, e indigna de consideración, ya que radica en la dimensión más miserable del ser humano: el egoísmo.
La problemática que motiva este escrito sería entonces: qué se entiende por "caridad" y si esta se ejerce impulsada únicamente desde la "misericordia" hacia la otra persona, y qué implicancias conlleva esta idea.
La caridad es la actitud solidaria ante el sufrimiento ajeno. Si la ayuda al prójimo se realiza desde un sentimiento de superioridad ante los otros, es juzgable. Lo mismo si se utiliza para sentirse bueno o lavar la propia conciencia. Al hablar de emisión de juicio nos referimos a ser catalogado como algo malo.
Bajo ningún concepto un acto humano puede fundarse en la consideración de que un ser humano es ontológicamente superior a otro. Creo que no es necesario explicar el accionar que tuvieron movimientos ideológicos, como el nazismo, que basaron su procede convicciones similares. Sin importar el modo en que surge o se gesta una vida humana, o el lugar que ocupa en la sociedad, esta posee el mismo valor que todas las demás, y por ello, por más aparentemente "buena" que sea la acción que se ejerza sobre otro, no se puede partir de una idea contraria; basta recordar la formulación kantiana de la moral en la cual la bondad de los actos radica en la buena voluntad de los mismos - entendida como todas las dimensiones que alrededor de estos se forjan-.
Si bien, que la caridad sea movida por la necesidad de ayudar al prójimo en un momento concreto, sin mayor alcance, no es bajo ningún concepto catalogable como malo; esto genera en la realidad ciertas dinámicas que tienden a enviciar la transformación social real. El problema, además, es qué tan ajeno es ese sufrimientos cuando en verdad se genera por las dinámicas de una sociedad que cada uno de los individuos acepta al ser participe de esta y no intentar cambiarlas en sí mismas. Es decir, si yo me adapto, y por ende, soy cómplice de un sistema que genera desigualdad, la forma de apropiarse del cambio de esa desigualdad es modificando la estructura que la genera, sino esta no se revierte realmente.
En la realidad esto es así porque por un lado, las ganas de ayudar, incluso la misericordia, no son motivaciones constantes en los individuos. Pueden, incluso, revertirse facilmente ante planteamientos externos a las propias convicciones. Ejemplo claro de esta afirmación es la participación de muchas personas que por una parte defienden o adhieren a agrupaciones cuyos fundamentos radican en que hay que ayudar a los demás, pero por otro, participan de manifestaciones para desalojar a los vagabundos de los espacios públicos, encarcelar menores, en lugar de educarlos, y - lamentablemente - tantos otros ejemplos. Estas contradicciones, que evidentemente son inherentes al ser humano, a la larga fomentan una estructura inestable de ayuda itinerante, parches legislativos que buscan aplacar emergentes actuales, y como consecuencia, provocan varios vacíos en la acción de cambio verdadero.
Por otro lado, estas acciones, que como mencioné emparchan situaciones, no tienen una proyección real, que logre revertir a las mismas en un largo o mediano plazo. Peor aún, generan una contención ficticia en el desaborde de esas realidades de necesidad, la cual no se plantea con andamiaje a una modificación futura, sino en un momento determinado. Con esto provocan que las acciones verdaderamente transformadoras, no se consideren necesarias u oportunas, lo cual repercute en una reproducción de la misma situación a través del tiempo, y no en su modificación. La estructura sistémica, entonces, permanece intacta, generando desigualdades en la misma escala que siempre, y los individuos, sin embargo, se sienten complacidos de observar cambios reales, cuando en realidad observan pantallas de esa continuación de la diferencia.
Concluyo, en base a esta planteo, que los actos de caridad no son malos en sí, pero sus consecuencias son negativas para la organización social. Es necesario crear soluciones orgánicas para la entidad del colectivo social, para las cuales se requieren individuos reales, que pueden ser aquellos mismos cuyo sentir misericordioso mueve a compadecerse e intentar cambiar las miserias ajenas. Este ensayo busca crear una conciencia sobre esta temática, para cuestionar prácticas tan enraizadas en el ánimo social e insertar una visión crítica de lo que implica el amar a los otros como a nosotros mismos, para intentar establecer la igualdad verdadera que esto debiera conllevar.
La caridad es la actitud solidaria ante el sufrimiento ajeno. Si la ayuda al prójimo se realiza desde un sentimiento de superioridad ante los otros, es juzgable. Lo mismo si se utiliza para sentirse bueno o lavar la propia conciencia. Al hablar de emisión de juicio nos referimos a ser catalogado como algo malo.
Bajo ningún concepto un acto humano puede fundarse en la consideración de que un ser humano es ontológicamente superior a otro. Creo que no es necesario explicar el accionar que tuvieron movimientos ideológicos, como el nazismo, que basaron su procede convicciones similares. Sin importar el modo en que surge o se gesta una vida humana, o el lugar que ocupa en la sociedad, esta posee el mismo valor que todas las demás, y por ello, por más aparentemente "buena" que sea la acción que se ejerza sobre otro, no se puede partir de una idea contraria; basta recordar la formulación kantiana de la moral en la cual la bondad de los actos radica en la buena voluntad de los mismos - entendida como todas las dimensiones que alrededor de estos se forjan-.
Si bien, que la caridad sea movida por la necesidad de ayudar al prójimo en un momento concreto, sin mayor alcance, no es bajo ningún concepto catalogable como malo; esto genera en la realidad ciertas dinámicas que tienden a enviciar la transformación social real. El problema, además, es qué tan ajeno es ese sufrimientos cuando en verdad se genera por las dinámicas de una sociedad que cada uno de los individuos acepta al ser participe de esta y no intentar cambiarlas en sí mismas. Es decir, si yo me adapto, y por ende, soy cómplice de un sistema que genera desigualdad, la forma de apropiarse del cambio de esa desigualdad es modificando la estructura que la genera, sino esta no se revierte realmente.
En la realidad esto es así porque por un lado, las ganas de ayudar, incluso la misericordia, no son motivaciones constantes en los individuos. Pueden, incluso, revertirse facilmente ante planteamientos externos a las propias convicciones. Ejemplo claro de esta afirmación es la participación de muchas personas que por una parte defienden o adhieren a agrupaciones cuyos fundamentos radican en que hay que ayudar a los demás, pero por otro, participan de manifestaciones para desalojar a los vagabundos de los espacios públicos, encarcelar menores, en lugar de educarlos, y - lamentablemente - tantos otros ejemplos. Estas contradicciones, que evidentemente son inherentes al ser humano, a la larga fomentan una estructura inestable de ayuda itinerante, parches legislativos que buscan aplacar emergentes actuales, y como consecuencia, provocan varios vacíos en la acción de cambio verdadero.
Por otro lado, estas acciones, que como mencioné emparchan situaciones, no tienen una proyección real, que logre revertir a las mismas en un largo o mediano plazo. Peor aún, generan una contención ficticia en el desaborde de esas realidades de necesidad, la cual no se plantea con andamiaje a una modificación futura, sino en un momento determinado. Con esto provocan que las acciones verdaderamente transformadoras, no se consideren necesarias u oportunas, lo cual repercute en una reproducción de la misma situación a través del tiempo, y no en su modificación. La estructura sistémica, entonces, permanece intacta, generando desigualdades en la misma escala que siempre, y los individuos, sin embargo, se sienten complacidos de observar cambios reales, cuando en realidad observan pantallas de esa continuación de la diferencia.
Concluyo, en base a esta planteo, que los actos de caridad no son malos en sí, pero sus consecuencias son negativas para la organización social. Es necesario crear soluciones orgánicas para la entidad del colectivo social, para las cuales se requieren individuos reales, que pueden ser aquellos mismos cuyo sentir misericordioso mueve a compadecerse e intentar cambiar las miserias ajenas. Este ensayo busca crear una conciencia sobre esta temática, para cuestionar prácticas tan enraizadas en el ánimo social e insertar una visión crítica de lo que implica el amar a los otros como a nosotros mismos, para intentar establecer la igualdad verdadera que esto debiera conllevar.
No hay comentarios :
Publicar un comentario