Hay tantos flancos y tan pocas trincheras limpias.
Hay en las vidas diarias de las personas cientos de batallas y de obstáculos que sortear, y estos escritos no son más que la confirmación de que este de aquí, otro producto del destino, no sabe qué hacer con ellos.
Las teorías sociales del contrato nos convencen de que hemos decidido racionalmente acodar la convivencia en sociedad. Yo creo que no,que esta se impone, desde el nacimiento mismo en un contexto que solo a ojos del espectador reflexivo se presenta como alternativo. ¿Qué alternativas reales quedan que la modificación radical de todos aquellos motivos por los cuales se entiende digno estar vivos?
Se vuelve aquí, una vez más, a la eterna lucha por la búsqueda de verdades absolutas que guíen nuestro diario vivir. La pregunta que se esquiva cotidianamente sobre la paradoja de buscar algo que desde el inicio se sabe imposible de alcanzar, rompe ahora en un grito incontrolable el silencio de la esperanza.
¿Para qué estamos? Desde el más profundo para qué se haya el cómo. Pero, lejos de querer caer en dogmatismos acotadores, se apela al libre pensamiento, al no ceñirse a los grandes 'ismos' explicativos y sesgadores de un mundo demasiado complejo, de pensar por ideas, no por sistemas; con la siempre palpitante duda de ¿ideas de qué? ¿ideas qué tan originales? ¿ideas qué tanto no ancladas a ningún sistema de pensamiento que las englobe?
Volvemos al hombre completo, al individual, que se encuentra cada día con cientos de obligaciones inútiles en su búsqueda de trascendencia, nuevas y cíclicas, que su memoria agrupa en generalidades, perdiendo los detalles de la génesis que cada uno de estos momentos conlleva. Cabe preguntarse sobre el sentido de este eterno retorno de situaciones esperables, sobre la rutina, sobre la seguridad que dan las repeticiones innecesarias y como contrapunto, la necesidad de lo novedoso, lo original, lo único. Es cuestionarse, como tantos otros han hecho, sobre el sentido, en el sentido - valga la redundancia - más profundo, de la vida, de esto que implica estar existiendo en el aquí y ahora concretos.
Ese hombre, solitario en su lucha de construir sentido de la nada que tiene, invierte su vida dando batallas. Batallas triviales, como la del lujo; batallas imprescindibles, como la de la supervivencia; batallas autoflagelantes, como la ideológica.
Desde esta última se gesta este escrito. La batalla ideológica se lidia necesariamente en el campo político, por el hecho - conscientemente pactado o no - de la vida social. Este ámbito se mezcla, genialidad de Machiavelo aparte, con el de la ética, porque el mismo hombre que disputa poder, es un ser moral, que tiene costumbres, y que hace cosas que afectan a otros hombres concretos, solitarios y luchadores, en su plano sentimental y mental. Y ahí empieza el dilema.
El problema de la discusión ideológica se complejiza hoy, según yo lo veo, a raíz de dos grandes necesidades:
1. Necesidad de sentirse respaldado por un gran sistema explicativo que justifique que las creencias que se sostienen están solventadas por marcos teóricos coherentes y complejos.
2. Necesidad de sentirse con el derecho de cuestionar las verdades generadas por otros, sin realización de una autocrítica al "propio" sistema de pensamiento, y sin dejar filtrar en este ninguna idea procedente del exterior. Llámese 'fanatismo', si se quiere, pero es más común de lo que la palabra podría parecer indicar.
En el campo político, entonces, se disputa poder para satisfacer la necesidad egoísta, dice Hobbes, tan humana como la necesidad de respirar. Esta ya no radica en un sistema tan complejo como el de la actualidad, simplemente en la autoconservación, sino también en la auto-exaltación, el posicionamiento del yo mismo como modelo a seguir. Eso aparece en todos los estratos sociales. Y ahí donde se pretende acaparar poder, es necesario quitarle la proporción de poder que el otro tiene, y con ella, necesariamente, la proporción de razón. Porque hoy en día el conocimiento sigue siendo poder, y el que está más cerca de la verdad 'tiene más derecho' de acercar a los demás a esta. Platón se autoflagela mientras el fugitivo de su caverna ata a los de adentro a un árbol afuera, prende un fuego de noche y les da bofetadas profiriendo las palabras: '¿vez cómo son las cosas?'.
Es en ese medio donde se da la intersección política - ética, y se genera el problema actual de convivencia. La gente anda por el mundo gritando sus verdades, cuestionando a los que nos las aceptan, cometiendo falacias ad hominen como si fueran el cúlime de la argumentación razonada y afectando el desempeño psicológico de los individuos concretos. Se anula la lucha interna, el cuestionamiento y la búsqueda de la verdad. Es invitado a entrar el dogmatismo.
Esta es una visión.
Por último, no puedo dejar de mencionar que en el medio de este altercado está la masa, también sufriente, y oscilante entre dos nadas, que está condenando sus no eternos días a correr detrás de cuanta bandera blanca de cruce ante sus ojos.
Es complejo el mundo.
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