He leído en reiteradas ocasiones, últimamente, sobre la necesidad de comunicación que poseen las personas en nuestra época contemporánea. De todas las ideas nuevas con las que he tenido contacto la que más ha quedado resonando en mi cabeza es la de que el medio es el mensaje; si puede comunicarse, es decir, si hay algún canal para que el mensaje llegue a un destinatario, no importa si hay un mensaje, por el solo hecho de poder decirlo, hay que decir cualquier cosa.
Esta idea me llevó a entender con un poco más de claridad el proceder cotidiano de muchas personas. Harto se ha hablado del vaciamiento de sentido que hay en las redes sociales. Hace un tiempo un amigo me decía que por lo que la gente escribe en estas, parece que hubiese perdido todo juicio o que quisiera someter su cotidiano a una exposición social verdaderamente vasta. Yo creo que lo que vemos publicado diariamente no es más que lo que las personas son. Incluso las empresas han adquirido la costumbre de mirar los perfiles de las redes sociales antes de contratar a sus nuevos empleados. Es que allí la persona, que actúa como si no tuviera espectadores, pero sabiendo muy claramente que cada cosa que publica repercute en otros, se expone por entero y des-vela los recovecos más íntimos de sus experiencias.
Los problemas que esto genera son varios y de diversa índole. En principio, conocer enteramente a otra persona nos hace visualizarla en lo más elevado de su ser, así como en su condición más miserable. Ya Pascal nos decía que los seres humanos pueden ser lo más elevado o lo más miserable de todo lo que existe, y yo creo, por cierto, que un poco de ambas cualidades co-existen en cada uno de nosotros. Pero además, esto posibilita dejar como una marca indeleble, volando por siempre en redes y nodos dispersos en el etéreo, el testimonio de lo que las personas han sido a lo largo de su vida. Sus cambios de ideas, de modos de sentir, su cotidiano, en resumen, su mismo ser. Ya ni siquiera es necesario cargar con el estigma de la memoria, porque todo queda allí, en datos empíricos, por siempre accesibles y no borrados del todo. Considero esto pernicioso en dos aspectos. En primer lugar, porque conocer a una persona en todo su esplendor -sea este de luz o de sombras -, pero sin querer establecer con ella una relación real que vaya más allá de la superficilidad de lo cotidiano, hace que se genere una especie de relación ficticia, cuasi narrativa, puede decirse, en la cual todos podemos contar la vida de los otros, sin que nos interese en realidad, o peor aún, pudiendo emitir juicios desde la imparcialidad que brinda lo que una persona puede llegar a presentar en este espacio donde cada uno aparentemente elige lo que quiere ser, aunque indefectiblemente termine siendo lo más sí mismo que puede. Y si a esto le sumamos la exposición que implica que no solo puedan ver lo que somos en tiempo presente, sino lo que hemos sido, lo que hemos cambiado, se forja una combinación del todo estigmatizante.
La capacidad humana de juzgar es tan volátil y banal que todo el mundo se siente con el derecho de opinar en vidas ajenas, en historias que aunque se pueden narrar, no les son propias, y en razones que no pueden siquiera esgrimirse. Y lo paradójico del asunto radica en que todo el mundo siente que es parte de su libertad de expresión hablar sobre los demás, pero se hiere profundamente si el tema de conversación es sí mismo. Es posible hacer críticas, nunca asumirlas. La segunda parte de esta idea es aceptable; apelar a una existencia libre de la palabra (muchas veces pre-) juiciosa de individuos que como lectores contemplan una vida desde fuera y asumen la soberbia de ser mentores de conducta y carácter, es no solo lógico, sino también respetable. La primera parte, por el contrario, es incomprensible, porque tan viejo como el refrán no hagas lo que no te gusta que te hagan o como el presagio bíblico es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, está la capacidad del hombre de sentirse con la valía moral de inmiscuirse inapropiadamente en existencias ajenas.
Todas estas reflexiones derivan inalienablemente en la pregunta central de este ensayo y que se expresa cabalmente en el título del mismo: ¿Qué queda? Me pregunto qué tiene para dar una persona en la intimidad si da todo de sí en los espacios públicos. ¿Es que queda algún recobeco para un nimio espacio privado? ¿Qué puede una persona cuya exposición social es muy elevada, ofrecer a otros que no hayan elegido su compañía por el catálogo que sobre sí proporciona y actualiza diariamente?
Me preocupa -y en esto sí me siento con la legitimidad de hacer juicio - la despreocupación acrítica con la que las personas desnudan su ser. No solo porque esto a la larga afecta la construcción de relaciones sanas y de experiencias per se intrasferibles e inmanentes al ser íntimo de cada individuo. Me preocupan, sobre todo, porque desdibujan los espacios que construyen tradicionalmente las relaciones que permiten al hombre una convivencia social. ¿Qué es lo público y qué lo privado si todo es público? ¿Cómo pueden diferenciarse las esferas de la vida humana si todo lo que sucede se encuentra en la misma jerarquía?
La vida propia, los sentimientos más profundos del ser, los pensamientos, están ahí, servidos en la bandeja diaria para todos los trogloditas que deseen consumirlos. No existe un engaño ideológico o alienante para cautivar a las personas, dado que estas eligen diariamente actualizar su biografía para voluntariamente exponer su cotidiano transcurrir. Ya no es necesario el espionaje, no es necesaria la seducción, no hay misterios, el mundo se devela y su fealdad queda expuesta feacientemente. Las injurias y calumnias están a la orden del día, y la falsedad se confunde irremediablemente con la verdad, y el entramado del mundo se exhibe, complejo y banal, e iguala lo más sublime con lo más bajo. Y sin ese velo cabal, sin nada que des-velar, sin secretos que generen un vínculo íntimo de dos, sin complicidad, sin vergüenza ni miradas cautivantes en la soledad de una alcoba que no terminen en un comentario mediocre, todo se subsume en un aburrido mundo hiper-informado y para nada interesante. Se recurre a la exposición por miedo a la soledad, y la soledad termina abrumando; no hay ya posibilidad de esa soledad reflexiva y paciente, pensativa y dubitativa, que mueve a las ideas.
¿Qué esperamos de un mundo en el cual ya no queda nada que des-cubrir, no ya misterios que des-velar? ¿Qué de un espacio donde lo que no se dice aparentemente no existe y donde lo que se dice cobra una volatilidad pueril que des-valoriza por completo toda experiencia reflexiva? ¿Qué del amor, qué de la guerra, si solo son comentarios efímeros? ¿Qué queda?
-Los guiones en las palabras, sí, estuve hoy leyendo a Heidegger-.
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