miércoles, 27 de noviembre de 2013

De cómo la abundancia es miseria.

Las imágenes que entristecen, las presentaciones con canciones lentas y dolorosas, las visiones desgarradoras, abundan. Es tan fácil acceder a ellas como inevitable. Están en las redes sociales, en los periódicos, en la televisión, en la cotidianeidad, indefectiblemente. Incluso cuando las personas no quieran verlas - aunque a veces esto es más bien la excepción - es casi imposible evitarlas. Esto hace que estemos acostumbrados a convivir con el dolor ajeno, con lo más desgarrador del mundo, con la miseria más baja y la vileza más triste. Pero raras veces nos damos cuenta de eso. Nos compadecemos y hasta lloramos con las historias ajenas por espacio de un minuto, o dos, y luego dejamos de lado esa visión trágica y nos dedicamos a ocupaciones pueriles. Es que no se puede vivir inmerso en el dolor y la miseria, y también de cosas buenas está lleno el mundo; pero cabe preguntarse si tanta abundancia de información puede pasar así tan vanamente por la vida de tantas personas. Es paradójico el hecho de que la mayoría de estas contemplaciones no generen más que una nimia empatía o una indignación pasajera. En el mejor de los casos derivan en una constatación de que el mundo es un lugar trágico y doliente, pero no más. 

No es cosa nueva este entretenimiento superfluo, diseñado para coartar el pensamiento más que para generarlo. Ya lo decía un viejo dicho romano: "Duas tantum res anxius populus optat, panem et circenses" (el pueblo ansioso solo dos cosas desea: pan y circo). Si falta la primera surge la manifestación y la lucha, pero si falta la segunda comienza a gestarse el pensamiento. Ninguna de las dos puede permitirse libremente, porque son las mejores armas contra el poder corrupto. Y sin embargo, seguimos proclamando ansiosos nuestra cuota de idiotez procesada, para evadir los silencios meditabundos y ciertamente provechosos. Tal como dice el dicho, es el pueblo ansioso el que espera, no es algo que debe ser impuesto desde fuera, sino que es algo que las propias personas añoran. 

Es que ya lo dijo Jaspers hace más de medio siglo, el primer origen de la filosofía es el asombro - también la duda, la necesidad de comunicación y las situaciones límite-, y eso es lo que la abundancia de información ha dejado de generar, asombro. Ya no nos maravilla aquello que se ha vuelto cotidiano, no nos deslumbra, justamente porque es diario. Entonces no mueve al intelecto, no lleva a reflexionar en profundidad, y cuestionar con hondura a esas situaciones. No genera dudas, y mucho menos hace que sintamos eso que le pasa a otros como situaciones límite. Por suerte el mundo queda lejos. 

Lo alarmante es que la ruptura de este círculo vicioso ha de surgir de la necesidad de cada uno de no ser parte de este. No podemos seguir depositando nuestras culpas en el terreno ajeno para victimizarnos por nuestra concienzuda pobreza intelectual. Pensar no ha de ser trabajo de intelectuales, que como el mundo, quedan lejos, sino que el intelecto es la capacidad humana mejor distribuida. Estamos tirando por la borda lo más elevado de nuestro ser. Ni siquiera necesitamos grandes producciones, embellecidos discursos o magnánimas escrituras, sino simplemente cuestionamiento, indagación. Es necesario retornar, y es posible para quienes estén dispuestos a hacerlo, a la reflexiva búsqueda infantil de los últimos por qué del universo, y sobre todo de los por qué del mundo humano. 


Quizá se pueda acercar un poco más al mundo.