viernes, 26 de septiembre de 2014

Sobre el cambio.





                Escribo este artículo en mi calidad de ciudadana uruguaya, haciendo usufructo de la -bendita- libertad de expresión y gala de la comprensión de algunos (pocos) conceptos a estrenar, por ser recientes, y quizá también episódicos, por juveniles; motivada, sin dudas, por la indignación ante la extendida vacuidad de la discusión política en esta campaña electoral. Fehacientemente sostengo que los temas políticos - por más amplio y vano que este concepto pueda sonar - deben cargarse de la relevancia que conllevan siempre, pero sobre todo cuando se están disputando proyectos de país, y con esto me refiero a la vida cotidiana de todos los que dentro de su población nos contamos: lo que nos sale comer, las leyes que regulan la convivencia y el trabajo, el acceso y la calidad de la educación de nuestros hijos, sus derechos, los derechos y deberes de todos. Creo, asimismo, que estos tópicos deben movilizar a los que serán o no, pero al menos buscan ser, representantes del pueblo, en este sistema en que vivimos y que se conoce como democracia representativa. Pero y sobre todo deben importar al pueblo, que es el que va a ser representado por varias ideas, por un modelo, por numerosas medidas políticas, por una agenda de derechos, por un modo de relación entre este y sus gobernantes, y todas sus autoridades y sistemas, incluyendo su aparato represivo.  Juan Pueblo y doña María, como gusta de identificarse a un individuo cualquiera que sea de la población en general, debieran debatir de política, debatir, plantear(se) las propuestas que hay, pensarlas, valorarlas, conversarlas con otros juanes y marías, instruirse, informarse, cualquiera que sea su nivel de instrucción previa, ante todo, interesarse. Entender que no todo da ni es lo mismo, y que cada partido conlleva una historia y una tradición ideológica y de prácticas, y que plantea un modo de ser, estar y de hacer.
                A estos respectos, me interesa centrar mi argumentación en la tan extendida y a mi entender, prostituida, palabra CAMBIO. Pareciera que una vez cada cinco años los partidos políticos, casi sin excepción, resetean la historia y proponen un cambio, por ende algo distinto. Parece que subestimasen la inteligencia de la gente al plantear la obviedad de que si un partido político cualquiera - desarraigándose de su historia, en el común de los casos - sustituye al que gobierna, se produce un cambio. Ignoro sinceramente la génesis de la utilización de este vocablo en la política uruguaya, pero recuerdo levemente su uso en la campaña del Frente Amplio de 1999, y claramente en la del 2004, convirtiéndose además en casi que un estandarte de este partido. Esto tuvo sentido, entendiéndose que se trata de un frente (más o menos) de izquierda(s) confrontando con dos partidos que se relevaban en la conducción del país desde sus más remotos orígenes, con una postura y un hacer (más, más o menos) de derecha. Tuvo sentido. Pero ahora parece que todo es cambio, con el agregado de que esta vez, siendo el Frente gobierno, "cambiar" implica simplemente eso, que dejen de gobernar unos y empiecen a gobernar otros. Esto es así, porque el Partido Nacional sigue siendo sus ideas y su historia, y el modo en que sus en otrora referentes gobernaron al país. Lo mismo con el Partido Colorado, salvando quizá su tenue episodio escabroso con la democracia de aquellos 70' - 80's, y el infortunado apellido de su candidato, que pese a su empeño por dejarlo atrás, persiste en la realidad y en la memoria colectiva. El tan aclamado cambio es hoy en día una farsa. Votar al Frente no es cambiar, no es cambiar votar a los partidos tradicionales, sus caras nuevas y sonrientes no son máscaras que ocultan lo que ya se sabe que hacen si son gobierno, y pese a que ahora se ha apropiado de esta palabra, no es cambiar votar al Partido Independiente, el cual a pesar de su apariencia tiene muy poco de izquierda, nada de revolucionario, y mucho de reformismo, que no es nuevo, no es cambio; quizá lo sería Asamblea Popular si, a mi entender, no careciera de un análisis real del modo de implementar sus propuestas en este Uruguay concreto, las cuales por contestatarias y radicales son las más de las veces irrealizables.
                El problema no es ante esta situación la parálisis electoral, o la desesperación ante la escasa posibilidad de cambio. Cambio se ha connotado, pero en esencia, no es sinónimo de "bueno", ni debiera serlo. El problema aquí es la necesidad - ante la ausencia de análisis - de llamar a las cosas por su nombre, y de esperar de cada uno lo que tiene para dar. Quedarse con la campaña vial y televisiva, los enfermizamente pegadizos cánticos (con letras excesivamente generales, que hablan de cosas que todos queremos: paz, unidad, democracia, fiesta y bailes colectivos improvisados) y las columneras con rostros maquillados, no alcanza. La positividad, la alegría y la paz, parecen conceptos que sirven más para un libro de autoayuda que para una campaña de aquellos que pretenden conducir un país, porque a fin de cuentas ¿quién no quiere eso para sí mismo y para su pueblo entero? Pero hay que ir al fondo, a las propuestas, a las medidas concretas, a cómo estas nos afectan, a quién se pone en cada cargo. La sonrisa en los rostros de los candidatos y abrazos entre sí, o la paradigmática - casi poética - caminata con niños correteando, no hacen al germen de la política, no son la realidad (con un toque más de humor y menos de ironía digo que nunca votaría a un candidato para que en sus funciones bese a mi hijo si nos lo cruzamos por la calle). Esto se los pido a los políticos, a los periodistas, pero sobre todo, se lo pido a aquellos juanes y marías, que son - además - quienes debieran de exigírselo a estos otros.  Un pueblo que se informa y que cuestiona y propone, forja su destino. El otro es solo el espectador del teatro vodevilesco que se nos está queriendo imponer. 

domingo, 24 de agosto de 2014

La división de la torta.

      La posibilidad de la igualdad únicamente surge de erradicar la desigualdad, y aunque parezca redundante, solo de eso. La principal igualdad, que engendra a todas las demás, es la económica, no lo digo yo, ya lo dijo Carlos Marx. No porque el dinero sea lo más importante de la vida, ni mucho menos. Simple y sencillamente porque es este es el cúmulo de posibilidades que permite una vida digna: una casa, un lugar en el mundo, abrigo, comida. Posibilita el acceso a los libros, a la cultura, al teatro, al transporte colectivo, a conocer nuevos lugares. Todos vivimos luchando por ello, corriendo tras la posibilidad de hacer u obtener cosas que nos brinden un poco de felicidad. Pero hay gente, mucha de nuestra gente que pasa frío en invierno, que duerme en lugares incómodos desde que nace, que está sucia porque no tiene agua caliente, agua potable, o incluso luz eléctrica. Hay muchos de nuestros jóvenes que no pueden terminar de estudiar ni siquiera la enseñanza media porque tienen que salir a trabajar, o porque no tienen plata para la fotocopia, o porque cuando van al liceo los compañeros les dicen que se visten mal, que huelen feo, o como no tienen plata para paseos, salidas, meriendas, cine, comienzan a perder oportunidades de generar experiencias fuera del aula, y de crear lazos. 

            Muchos salen adelante, y son héroes, mucho más que aquel a quien los padres les financian una carrera universitaria, mucho más incluso que los muchos estudiantes que tienen que venir del interior a Montevideo, dejar su vida, su familia, su casa, su mundo. Son ejemplos de vida, y de lucha, de personalidades fortísimas, que pese a la adversidad le ponen el pecho a las balas y salen victoriosos. Son un ejemplo, pero lastimosamente, son los menos. Muchos quedan allí, en el pedacito del mundo al que la distribución de la riqueza los ha confinado. Sin conocer muchas veces siquiera los confines de su propia ciudad natal, sin ver otras que las mismas caras, sin sufrir otras que las mismas penurias toda la vida. No los pusieron allí sus opciones, no sus elecciones o las consecuencias de sus actos, no la justicia divina, ni el orden jurídico: todos, como sociedad, los pusimos allí. Y  no es un sentido culposo en que entendemos que como todo el mundo es responsable, nadie lo es. Una vez le intenté explicar a mi hermano, de por entonces ocho años, el socialismo. Le dije que si teníamos una torta y cuatro persona, y una persona se quedaba con seis de los ocho pedazos que habíamos cortado, y otra con uno ¿qué pasaba? Inocente y lúcidamente, me dijo que el otro pedazo lo iban a tener que dividir entre dos. Le pregunté si eso estaba bien, si a él le gustaría comer solo medio pedazo de torta porque sí, o si incluso, le gustaría comerse seis pedazos aún a sabiendas que los demás comerían menos, se quedarían con las ganas o con hambre. Y me dijo que no, que era fácil, que él sabía dividir y compartir, que le habían enseñado en la escuela que todos podían comer dos y quedar igual de llenos. Ocho años, y lo entendió. 

               Cuando se presentan grandes planes de políticas para el gobierno, de uno y otro lado, en que se busca ganar votos para llevar adelante uno u otro de esos proyectos, siempre me pregunto por qué para el ser humano las cosas no son más simples. Todo el entramado político es una lucha por complacer a uno u otro sector que ostenta poder, por poder económico, o por poder de mover masas. Pero el peor y más profundo poder es el de entrar en la cabeza de las personas, el ideológico. Es triste ver cómo personas que dicen tener vocación educativa, piden cárceles. Como aquellas personas que deben dividir el pedacito de torta por la mitad idolatran como dioses humanos, como ejemplos de moral y vida a los que se quedaron con los seis pedazos. O peor, ver como las ideas religiosas purgan las conciencias de aquellos que ostentan al mundo sus pedazos de torta: cientos de hectáreas de campo, contra gente a la que le han dicho que no merece un lugar en el mundo, casas excesivamente lujosas y caras, contra gente que nace, vive y muere en basurales, banquetes abundantes contra personas que comen una vez por día, si acaso. Y lo más complejo en todo esto es que las personas confunden las dimensiones de la ética y la política, y se ofenden terriblemente. No es "malo" eticamente, aquel que nació en la riqueza, no es "malo" el pobre que se crió en la miseria. Pero ambas situaciones están mal, son injustas, deben ser modificadas, por ende. Es injusto que haya personas al borde de las posibilidades de felicidad, y de goce en este vida. Es injusto que nazcan personas en palacios lujosos, porque no lo merecen, así como el pobre no merece la miseria. Ni uno ni otro es bueno o malo a priori, son iguales, y como iguales debieran ser los puntos de partida desde los cuales uno y otro puedan construir su vida. Sí es malo, el que vela por sus propios intereses ignorando los del resto, pobre, rico, ser aislado que se esconde en su caverna y ostenta egoísmo. Y en esas divisiones está la base de la maldad que abunda en nuestra sociedad. 

               Sé bien que estas líneas pueden no explicar casi nada, o pueden redundar en muchas cosas de las ya dichas, pero es que es difícil no buscar algún medio de desahogo cuando se tiene un poco de conciencia social y se está en medio de la tormenta social, en el aula con los adolescentes. Son tantas las perversiones de la sociedad que han tenido que sufrir muchos de estos jóvenes reales, de quienes conozco cara y nombre, inquietudes y sueños. Demasiado más a veces que lo que muchos pudiéramos bancar en una vida. Y allí están, aprendiendo literatura o matemáticas, con una sonrisa, algunas lágrimas, y una alegría profunda de vivir que es imposible que no se contagie. Es a ellos a los que veo cuando pienso en la distribución de la torta, de la que yo pude morder varios pedazos, propios o ajenos en la vida. Es para ellos para los que quiero oportunidades reales, de dignidad, de vida, de futuro. Tan simple y tan sencillo como ponerlos en el centro de la preocupaciones de todo un país, es el único modo de prosperar como tal. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Sobre el eslabón más débil.


Preguntómetro a prueba de conciencias.      


    

[Para no bajar la edad de imputabilidad] 



     Estamos en un proceso para ayudar a las personas a entender por qué votar la baja de la edad de imputabilidad no genera nada positivo. Mucho se ha argumentado, debatido, sentido, demostrado, y aún así parte de la población parece querer aferrarse a la idea de que esta iniciativa va a generar algún cambio, alguna mejora en la vida del pueblo uruguayo. 
    Con espíritu socrático propongo una apuesta, porque no hay posibilidad de que convenza a nadie si este no se convence a sí mismo. No voy a argumentar, solo voy a pedirle a quién lea que pase por tres estadios de preguntas que todo ciudadano debería hacerse antes de votar en esta instancia. La única condición es que el que lea se formule seria y sinceramente estas preguntas a sí mismo. 
   Apuesto que cada uno puede darse a sí mismo una nueva perspectiva sobre lo que se busca y lo que se obtiene con este plebiscito. Apuesto que se pueden inventar muchas medidas alternativas, que no corten la cadena por la parte más débil. Si se les ocurren, póngalas en los comentarios; nuestra juventud depende de todos. 


1. No vaya a votar sin cuestionarse:

¿Por qué los menores delinquen? ¿Nacen rapiñeros, asesinos y ladrones? ¿O su contexto de vida los lleva a cometer actos delictivos? ¿Qué hace el sistema para evitar que eso pase antes de que pase? ¿Los educamos? ¿Les damos un techo digno para vivir? ¿Cubrimos sus necesidades básicas? ¿Les damos cuidados de salud? ¿Les garantizamos un ambiente libre de maltratos? ¿Crecen en un ambiente familiar armónico y amoroso? ¿Quizá les generamos necesidades artificiales - como marcas o modas - y les hacemos creer que vale matar por ello? ¿Les enseñamos lo que realmente vale? ¡Ah! ¿Usted nunca vio un niño en la calle? ¿Nunca vio a uno muerto de frío, mal vestido o vendiendo cualquier cosa en un ómnibus? ¿Puede decir con la conciencia tranquila que llegó hasta las últimas consecuencias para ayudarlo y que por eso ahora apoya esta iniciativa? ¿O no hizo nada? ¿O lo que quiere es sacarlos de su vista para pensar que ya no existen más?


2. No vaya a votar sin preguntarse:

¿Por qué proponerlo ahora? ¿Por qué no cuando no habían elecciones nacionales? ¿Para juntar votos? ¿Por que no se hacen propuestas en pos de la mejora de la educación pública? ¿Por qué esas cosas llevan tiempo? ¿Por qué no tienen rédito político  -en votos - inmediato? ¿Por qué no importa que los jóvenes que están en centros de estudio públicos estén muchas veces hacinados o con problemas edilicios? ¿Por qué para los menores de edad? ¿Por qué no pensar en la re-educación en las cárceles? ¿Sirve de algo tratarlos como adultos? ¿Los ayuda a superarse como persona y a aprender de sus errores? ¿A los adultos les contribuye en su vida el pasar por un centro de reclusión y logra una posterior inserción social con oportunidades reales? ¿Le haría esto mejor a un adolescente? ¿Es que no se merecen una segunda oportunidad? ¿O  más bien debiéramos decir una primera oportunidad, dado que como sociedad no le dimos ninguna cuando era un ser desprotegido?


3. No vaya a votar sin inquirirse: 

¿Qué soluciona esta medida? ¿Se le pueden ocurrir al menos dos cosas? ¿Va a haber más seguridad si se vota? ¿Los que usan a los menores de 18 como medio para no caer en la cárcel no comenzarán a usar a los menores de 16 ahora? ¿Cuántas veces más bajaremos la edad? ¿Condenaremos a algunas personas desde su nacimiento, sin siquiera darles herramientas para que cambien el destino que les otorgamos? ¿No es eso lo que hacemos ahora con aquellos que no tienen oportunidades? ¿Van a quedar embretados en esta medida los hijos de los ricos, con caros abogados y coartadas? ¿O será que esta medida está creada para encerrar a los hijos de los trabajadores, o a los jóvenes pobres -si se quiere-? ¿Entonces estamos encerrando a los pobres por serlo? ¿Y quién los hace pobres? ¿Son responsables de eso? ¿Será que este sistema de pobreza y riqueza condena a unos y premia a otros sin que ninguno lo merezca? ¿Será que este ordenamiento no lo creó una divinidad, sino los hombres, y será que no es inalienable? ¿Será que ahora, aquellos que tienen el poder de la riqueza buscan también el poder de las ideas para convencer de que está bien encerrar a las personas cuanto antes, a consecuencia de su origen social? ¿Será que usted será cómplice?



¿Están sus hijos libres de cometer un error en su juventud que les arruine la vida entera?



Fióka Pena Fusco. 2014.

sábado, 4 de enero de 2014

¿Qué queda?

     He leído en reiteradas ocasiones, últimamente, sobre la necesidad de comunicación que poseen las personas en nuestra época contemporánea. De todas las ideas nuevas con las que he tenido contacto la que más ha quedado resonando en mi cabeza es la de que el medio es el mensaje; si puede comunicarse, es decir, si hay algún canal para que el mensaje llegue a un destinatario, no importa si hay un mensaje, por el solo hecho de poder decirlo, hay que decir cualquier cosa. 

        Esta idea me llevó a entender con un poco más de claridad el proceder cotidiano de muchas personas. Harto se ha hablado del vaciamiento de sentido que hay en las redes sociales. Hace un tiempo un amigo me decía que por lo que la gente escribe en estas, parece que hubiese perdido todo juicio o que quisiera someter su cotidiano a una exposición social verdaderamente vasta. Yo creo que lo que vemos publicado diariamente no es más que lo que las personas son. Incluso las empresas han adquirido la costumbre de mirar los perfiles de las redes sociales antes de contratar a sus nuevos empleados. Es que allí la persona, que actúa como si no tuviera espectadores, pero sabiendo muy claramente que cada cosa que publica repercute en otros, se expone por entero y des-vela los recovecos más íntimos de sus experiencias. 

         Los problemas que esto genera son varios y de diversa índole. En principio, conocer enteramente a otra persona nos hace visualizarla en lo más elevado de su ser, así como en su condición más miserable. Ya Pascal nos decía que los seres humanos pueden ser lo más elevado o lo más miserable de todo lo que existe, y yo creo, por cierto, que un poco de ambas cualidades co-existen en cada uno de nosotros. Pero además, esto posibilita dejar como una marca indeleble, volando por siempre en redes y nodos dispersos en el etéreo, el testimonio de lo que las personas han sido a lo largo de su vida. Sus cambios de ideas, de modos de sentir, su cotidiano, en resumen, su mismo ser. Ya ni siquiera es necesario cargar con el estigma de la memoria, porque todo queda allí, en datos empíricos, por siempre accesibles y no borrados del todo. Considero esto pernicioso en dos aspectos. En primer lugar, porque conocer a una persona en todo su esplendor -sea este de luz o de sombras -, pero sin querer establecer con ella una relación real que vaya más allá de la superficilidad de lo cotidiano, hace que se genere una especie de relación ficticia, cuasi narrativa, puede decirse, en la cual todos podemos contar la vida de los otros, sin que nos interese en realidad, o peor aún, pudiendo emitir juicios desde la imparcialidad que brinda lo que una persona puede llegar a presentar en este espacio donde cada uno aparentemente elige lo que quiere ser, aunque indefectiblemente termine siendo lo más sí mismo que puede. Y si a esto le sumamos la exposición que implica que no solo puedan ver lo que somos en tiempo presente, sino lo que hemos sido, lo que hemos cambiado, se forja una combinación del todo estigmatizante. 

       La capacidad humana de juzgar es tan volátil y banal que todo el mundo se siente con el derecho de opinar en vidas ajenas, en historias que aunque se pueden narrar, no les son propias, y en razones que no pueden siquiera esgrimirse. Y lo paradójico del asunto radica en que todo el mundo siente que es parte de su libertad de expresión hablar sobre los demás, pero se hiere profundamente si el tema de conversación es sí mismo. Es posible hacer críticas, nunca asumirlas. La segunda parte de esta idea es aceptable; apelar a una existencia libre de la palabra (muchas veces pre-) juiciosa de individuos que como lectores contemplan una vida desde fuera y asumen la soberbia de ser mentores de conducta y carácter, es no solo lógico, sino también respetable. La primera parte, por el contrario, es incomprensible, porque tan viejo como el refrán no hagas lo que no te gusta que te hagan o como el presagio bíblico es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, está la capacidad del hombre de sentirse con la valía moral de inmiscuirse inapropiadamente en existencias ajenas. 

         Todas estas reflexiones derivan inalienablemente en la pregunta central de este ensayo y que se expresa cabalmente en el título del mismo: ¿Qué queda? Me pregunto qué tiene para dar una persona en la intimidad si da todo de sí en los espacios públicos. ¿Es que queda algún recobeco para un nimio espacio privado? ¿Qué puede una persona cuya exposición social es muy elevada, ofrecer a otros que no hayan elegido su compañía por el catálogo que sobre sí proporciona y actualiza diariamente? 

           Me preocupa -y en esto sí me siento con la legitimidad de hacer juicio - la despreocupación acrítica con la que las personas desnudan su ser. No solo porque esto a la larga afecta la construcción de relaciones sanas y de experiencias per se intrasferibles e inmanentes al ser íntimo de cada individuo. Me preocupan, sobre todo, porque desdibujan los espacios que construyen tradicionalmente las relaciones que permiten al hombre una convivencia social. ¿Qué es lo público y qué lo privado si todo es público? ¿Cómo pueden diferenciarse las esferas de la vida humana si todo lo que sucede se encuentra en la misma jerarquía? 

            La vida propia, los sentimientos más profundos del ser, los pensamientos, están ahí, servidos en la bandeja diaria para todos los trogloditas que deseen consumirlos. No existe un engaño ideológico o alienante para cautivar a las personas, dado que estas eligen diariamente actualizar su biografía para voluntariamente exponer su cotidiano transcurrir. Ya no es necesario el espionaje, no es necesaria la seducción, no hay misterios, el mundo se devela y su fealdad queda expuesta feacientemente. Las injurias y calumnias están a la orden del día, y la falsedad se confunde irremediablemente con la verdad, y el entramado del mundo se exhibe, complejo y banal, e iguala lo más sublime con lo más bajo. Y sin ese velo cabal, sin nada que des-velar, sin secretos que generen un vínculo íntimo de dos, sin complicidad, sin vergüenza ni miradas cautivantes en la soledad de una alcoba que no terminen en un comentario mediocre, todo se subsume en un aburrido mundo hiper-informado y para nada interesante. Se recurre a la exposición por miedo a la soledad, y la soledad termina abrumando; no hay ya posibilidad de esa soledad reflexiva y paciente, pensativa y dubitativa, que mueve a las ideas. 

¿Qué esperamos de un mundo en el cual ya no queda nada que des-cubrir, no ya misterios que des-velar? ¿Qué de un espacio donde lo que no se dice aparentemente no existe y donde lo que se dice cobra una volatilidad pueril que des-valoriza por completo toda experiencia reflexiva? ¿Qué del amor, qué de la guerra, si solo son comentarios efímeros? ¿Qué queda?








-Los guiones en las palabras, sí, estuve hoy leyendo a Heidegger-.