La posibilidad de la igualdad únicamente surge de erradicar la desigualdad, y aunque parezca redundante, solo de eso. La principal igualdad, que engendra a todas las demás, es la económica, no lo digo yo, ya lo dijo Carlos Marx. No porque el dinero sea lo más importante de la vida, ni mucho menos. Simple y sencillamente porque es este es el cúmulo de posibilidades que permite una vida digna: una casa, un lugar en el mundo, abrigo, comida. Posibilita el acceso a los libros, a la cultura, al teatro, al transporte colectivo, a conocer nuevos lugares. Todos vivimos luchando por ello, corriendo tras la posibilidad de hacer u obtener cosas que nos brinden un poco de felicidad. Pero hay gente, mucha de nuestra gente que pasa frío en invierno, que duerme en lugares incómodos desde que nace, que está sucia porque no tiene agua caliente, agua potable, o incluso luz eléctrica. Hay muchos de nuestros jóvenes que no pueden terminar de estudiar ni siquiera la enseñanza media porque tienen que salir a trabajar, o porque no tienen plata para la fotocopia, o porque cuando van al liceo los compañeros les dicen que se visten mal, que huelen feo, o como no tienen plata para paseos, salidas, meriendas, cine, comienzan a perder oportunidades de generar experiencias fuera del aula, y de crear lazos.
Muchos salen adelante, y son héroes, mucho más que aquel a quien los padres les financian una carrera universitaria, mucho más incluso que los muchos estudiantes que tienen que venir del interior a Montevideo, dejar su vida, su familia, su casa, su mundo. Son ejemplos de vida, y de lucha, de personalidades fortísimas, que pese a la adversidad le ponen el pecho a las balas y salen victoriosos. Son un ejemplo, pero lastimosamente, son los menos. Muchos quedan allí, en el pedacito del mundo al que la distribución de la riqueza los ha confinado. Sin conocer muchas veces siquiera los confines de su propia ciudad natal, sin ver otras que las mismas caras, sin sufrir otras que las mismas penurias toda la vida. No los pusieron allí sus opciones, no sus elecciones o las consecuencias de sus actos, no la justicia divina, ni el orden jurídico: todos, como sociedad, los pusimos allí. Y no es un sentido culposo en que entendemos que como todo el mundo es responsable, nadie lo es. Una vez le intenté explicar a mi hermano, de por entonces ocho años, el socialismo. Le dije que si teníamos una torta y cuatro persona, y una persona se quedaba con seis de los ocho pedazos que habíamos cortado, y otra con uno ¿qué pasaba? Inocente y lúcidamente, me dijo que el otro pedazo lo iban a tener que dividir entre dos. Le pregunté si eso estaba bien, si a él le gustaría comer solo medio pedazo de torta porque sí, o si incluso, le gustaría comerse seis pedazos aún a sabiendas que los demás comerían menos, se quedarían con las ganas o con hambre. Y me dijo que no, que era fácil, que él sabía dividir y compartir, que le habían enseñado en la escuela que todos podían comer dos y quedar igual de llenos. Ocho años, y lo entendió.
Cuando se presentan grandes planes de políticas para el gobierno, de uno y otro lado, en que se busca ganar votos para llevar adelante uno u otro de esos proyectos, siempre me pregunto por qué para el ser humano las cosas no son más simples. Todo el entramado político es una lucha por complacer a uno u otro sector que ostenta poder, por poder económico, o por poder de mover masas. Pero el peor y más profundo poder es el de entrar en la cabeza de las personas, el ideológico. Es triste ver cómo personas que dicen tener vocación educativa, piden cárceles. Como aquellas personas que deben dividir el pedacito de torta por la mitad idolatran como dioses humanos, como ejemplos de moral y vida a los que se quedaron con los seis pedazos. O peor, ver como las ideas religiosas purgan las conciencias de aquellos que ostentan al mundo sus pedazos de torta: cientos de hectáreas de campo, contra gente a la que le han dicho que no merece un lugar en el mundo, casas excesivamente lujosas y caras, contra gente que nace, vive y muere en basurales, banquetes abundantes contra personas que comen una vez por día, si acaso. Y lo más complejo en todo esto es que las personas confunden las dimensiones de la ética y la política, y se ofenden terriblemente. No es "malo" eticamente, aquel que nació en la riqueza, no es "malo" el pobre que se crió en la miseria. Pero ambas situaciones están mal, son injustas, deben ser modificadas, por ende. Es injusto que haya personas al borde de las posibilidades de felicidad, y de goce en este vida. Es injusto que nazcan personas en palacios lujosos, porque no lo merecen, así como el pobre no merece la miseria. Ni uno ni otro es bueno o malo a priori, son iguales, y como iguales debieran ser los puntos de partida desde los cuales uno y otro puedan construir su vida. Sí es malo, el que vela por sus propios intereses ignorando los del resto, pobre, rico, ser aislado que se esconde en su caverna y ostenta egoísmo. Y en esas divisiones está la base de la maldad que abunda en nuestra sociedad.
Sé bien que estas líneas pueden no explicar casi nada, o pueden redundar en muchas cosas de las ya dichas, pero es que es difícil no buscar algún medio de desahogo cuando se tiene un poco de conciencia social y se está en medio de la tormenta social, en el aula con los adolescentes. Son tantas las perversiones de la sociedad que han tenido que sufrir muchos de estos jóvenes reales, de quienes conozco cara y nombre, inquietudes y sueños. Demasiado más a veces que lo que muchos pudiéramos bancar en una vida. Y allí están, aprendiendo literatura o matemáticas, con una sonrisa, algunas lágrimas, y una alegría profunda de vivir que es imposible que no se contagie. Es a ellos a los que veo cuando pienso en la distribución de la torta, de la que yo pude morder varios pedazos, propios o ajenos en la vida. Es para ellos para los que quiero oportunidades reales, de dignidad, de vida, de futuro. Tan simple y tan sencillo como ponerlos en el centro de la preocupaciones de todo un país, es el único modo de prosperar como tal.