miércoles, 9 de abril de 2014

Sobre el eslabón más débil.


Preguntómetro a prueba de conciencias.      


    

[Para no bajar la edad de imputabilidad] 



     Estamos en un proceso para ayudar a las personas a entender por qué votar la baja de la edad de imputabilidad no genera nada positivo. Mucho se ha argumentado, debatido, sentido, demostrado, y aún así parte de la población parece querer aferrarse a la idea de que esta iniciativa va a generar algún cambio, alguna mejora en la vida del pueblo uruguayo. 
    Con espíritu socrático propongo una apuesta, porque no hay posibilidad de que convenza a nadie si este no se convence a sí mismo. No voy a argumentar, solo voy a pedirle a quién lea que pase por tres estadios de preguntas que todo ciudadano debería hacerse antes de votar en esta instancia. La única condición es que el que lea se formule seria y sinceramente estas preguntas a sí mismo. 
   Apuesto que cada uno puede darse a sí mismo una nueva perspectiva sobre lo que se busca y lo que se obtiene con este plebiscito. Apuesto que se pueden inventar muchas medidas alternativas, que no corten la cadena por la parte más débil. Si se les ocurren, póngalas en los comentarios; nuestra juventud depende de todos. 


1. No vaya a votar sin cuestionarse:

¿Por qué los menores delinquen? ¿Nacen rapiñeros, asesinos y ladrones? ¿O su contexto de vida los lleva a cometer actos delictivos? ¿Qué hace el sistema para evitar que eso pase antes de que pase? ¿Los educamos? ¿Les damos un techo digno para vivir? ¿Cubrimos sus necesidades básicas? ¿Les damos cuidados de salud? ¿Les garantizamos un ambiente libre de maltratos? ¿Crecen en un ambiente familiar armónico y amoroso? ¿Quizá les generamos necesidades artificiales - como marcas o modas - y les hacemos creer que vale matar por ello? ¿Les enseñamos lo que realmente vale? ¡Ah! ¿Usted nunca vio un niño en la calle? ¿Nunca vio a uno muerto de frío, mal vestido o vendiendo cualquier cosa en un ómnibus? ¿Puede decir con la conciencia tranquila que llegó hasta las últimas consecuencias para ayudarlo y que por eso ahora apoya esta iniciativa? ¿O no hizo nada? ¿O lo que quiere es sacarlos de su vista para pensar que ya no existen más?


2. No vaya a votar sin preguntarse:

¿Por qué proponerlo ahora? ¿Por qué no cuando no habían elecciones nacionales? ¿Para juntar votos? ¿Por que no se hacen propuestas en pos de la mejora de la educación pública? ¿Por qué esas cosas llevan tiempo? ¿Por qué no tienen rédito político  -en votos - inmediato? ¿Por qué no importa que los jóvenes que están en centros de estudio públicos estén muchas veces hacinados o con problemas edilicios? ¿Por qué para los menores de edad? ¿Por qué no pensar en la re-educación en las cárceles? ¿Sirve de algo tratarlos como adultos? ¿Los ayuda a superarse como persona y a aprender de sus errores? ¿A los adultos les contribuye en su vida el pasar por un centro de reclusión y logra una posterior inserción social con oportunidades reales? ¿Le haría esto mejor a un adolescente? ¿Es que no se merecen una segunda oportunidad? ¿O  más bien debiéramos decir una primera oportunidad, dado que como sociedad no le dimos ninguna cuando era un ser desprotegido?


3. No vaya a votar sin inquirirse: 

¿Qué soluciona esta medida? ¿Se le pueden ocurrir al menos dos cosas? ¿Va a haber más seguridad si se vota? ¿Los que usan a los menores de 18 como medio para no caer en la cárcel no comenzarán a usar a los menores de 16 ahora? ¿Cuántas veces más bajaremos la edad? ¿Condenaremos a algunas personas desde su nacimiento, sin siquiera darles herramientas para que cambien el destino que les otorgamos? ¿No es eso lo que hacemos ahora con aquellos que no tienen oportunidades? ¿Van a quedar embretados en esta medida los hijos de los ricos, con caros abogados y coartadas? ¿O será que esta medida está creada para encerrar a los hijos de los trabajadores, o a los jóvenes pobres -si se quiere-? ¿Entonces estamos encerrando a los pobres por serlo? ¿Y quién los hace pobres? ¿Son responsables de eso? ¿Será que este sistema de pobreza y riqueza condena a unos y premia a otros sin que ninguno lo merezca? ¿Será que este ordenamiento no lo creó una divinidad, sino los hombres, y será que no es inalienable? ¿Será que ahora, aquellos que tienen el poder de la riqueza buscan también el poder de las ideas para convencer de que está bien encerrar a las personas cuanto antes, a consecuencia de su origen social? ¿Será que usted será cómplice?



¿Están sus hijos libres de cometer un error en su juventud que les arruine la vida entera?



Fióka Pena Fusco. 2014.

sábado, 4 de enero de 2014

¿Qué queda?

     He leído en reiteradas ocasiones, últimamente, sobre la necesidad de comunicación que poseen las personas en nuestra época contemporánea. De todas las ideas nuevas con las que he tenido contacto la que más ha quedado resonando en mi cabeza es la de que el medio es el mensaje; si puede comunicarse, es decir, si hay algún canal para que el mensaje llegue a un destinatario, no importa si hay un mensaje, por el solo hecho de poder decirlo, hay que decir cualquier cosa. 

        Esta idea me llevó a entender con un poco más de claridad el proceder cotidiano de muchas personas. Harto se ha hablado del vaciamiento de sentido que hay en las redes sociales. Hace un tiempo un amigo me decía que por lo que la gente escribe en estas, parece que hubiese perdido todo juicio o que quisiera someter su cotidiano a una exposición social verdaderamente vasta. Yo creo que lo que vemos publicado diariamente no es más que lo que las personas son. Incluso las empresas han adquirido la costumbre de mirar los perfiles de las redes sociales antes de contratar a sus nuevos empleados. Es que allí la persona, que actúa como si no tuviera espectadores, pero sabiendo muy claramente que cada cosa que publica repercute en otros, se expone por entero y des-vela los recovecos más íntimos de sus experiencias. 

         Los problemas que esto genera son varios y de diversa índole. En principio, conocer enteramente a otra persona nos hace visualizarla en lo más elevado de su ser, así como en su condición más miserable. Ya Pascal nos decía que los seres humanos pueden ser lo más elevado o lo más miserable de todo lo que existe, y yo creo, por cierto, que un poco de ambas cualidades co-existen en cada uno de nosotros. Pero además, esto posibilita dejar como una marca indeleble, volando por siempre en redes y nodos dispersos en el etéreo, el testimonio de lo que las personas han sido a lo largo de su vida. Sus cambios de ideas, de modos de sentir, su cotidiano, en resumen, su mismo ser. Ya ni siquiera es necesario cargar con el estigma de la memoria, porque todo queda allí, en datos empíricos, por siempre accesibles y no borrados del todo. Considero esto pernicioso en dos aspectos. En primer lugar, porque conocer a una persona en todo su esplendor -sea este de luz o de sombras -, pero sin querer establecer con ella una relación real que vaya más allá de la superficilidad de lo cotidiano, hace que se genere una especie de relación ficticia, cuasi narrativa, puede decirse, en la cual todos podemos contar la vida de los otros, sin que nos interese en realidad, o peor aún, pudiendo emitir juicios desde la imparcialidad que brinda lo que una persona puede llegar a presentar en este espacio donde cada uno aparentemente elige lo que quiere ser, aunque indefectiblemente termine siendo lo más sí mismo que puede. Y si a esto le sumamos la exposición que implica que no solo puedan ver lo que somos en tiempo presente, sino lo que hemos sido, lo que hemos cambiado, se forja una combinación del todo estigmatizante. 

       La capacidad humana de juzgar es tan volátil y banal que todo el mundo se siente con el derecho de opinar en vidas ajenas, en historias que aunque se pueden narrar, no les son propias, y en razones que no pueden siquiera esgrimirse. Y lo paradójico del asunto radica en que todo el mundo siente que es parte de su libertad de expresión hablar sobre los demás, pero se hiere profundamente si el tema de conversación es sí mismo. Es posible hacer críticas, nunca asumirlas. La segunda parte de esta idea es aceptable; apelar a una existencia libre de la palabra (muchas veces pre-) juiciosa de individuos que como lectores contemplan una vida desde fuera y asumen la soberbia de ser mentores de conducta y carácter, es no solo lógico, sino también respetable. La primera parte, por el contrario, es incomprensible, porque tan viejo como el refrán no hagas lo que no te gusta que te hagan o como el presagio bíblico es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, está la capacidad del hombre de sentirse con la valía moral de inmiscuirse inapropiadamente en existencias ajenas. 

         Todas estas reflexiones derivan inalienablemente en la pregunta central de este ensayo y que se expresa cabalmente en el título del mismo: ¿Qué queda? Me pregunto qué tiene para dar una persona en la intimidad si da todo de sí en los espacios públicos. ¿Es que queda algún recobeco para un nimio espacio privado? ¿Qué puede una persona cuya exposición social es muy elevada, ofrecer a otros que no hayan elegido su compañía por el catálogo que sobre sí proporciona y actualiza diariamente? 

           Me preocupa -y en esto sí me siento con la legitimidad de hacer juicio - la despreocupación acrítica con la que las personas desnudan su ser. No solo porque esto a la larga afecta la construcción de relaciones sanas y de experiencias per se intrasferibles e inmanentes al ser íntimo de cada individuo. Me preocupan, sobre todo, porque desdibujan los espacios que construyen tradicionalmente las relaciones que permiten al hombre una convivencia social. ¿Qué es lo público y qué lo privado si todo es público? ¿Cómo pueden diferenciarse las esferas de la vida humana si todo lo que sucede se encuentra en la misma jerarquía? 

            La vida propia, los sentimientos más profundos del ser, los pensamientos, están ahí, servidos en la bandeja diaria para todos los trogloditas que deseen consumirlos. No existe un engaño ideológico o alienante para cautivar a las personas, dado que estas eligen diariamente actualizar su biografía para voluntariamente exponer su cotidiano transcurrir. Ya no es necesario el espionaje, no es necesaria la seducción, no hay misterios, el mundo se devela y su fealdad queda expuesta feacientemente. Las injurias y calumnias están a la orden del día, y la falsedad se confunde irremediablemente con la verdad, y el entramado del mundo se exhibe, complejo y banal, e iguala lo más sublime con lo más bajo. Y sin ese velo cabal, sin nada que des-velar, sin secretos que generen un vínculo íntimo de dos, sin complicidad, sin vergüenza ni miradas cautivantes en la soledad de una alcoba que no terminen en un comentario mediocre, todo se subsume en un aburrido mundo hiper-informado y para nada interesante. Se recurre a la exposición por miedo a la soledad, y la soledad termina abrumando; no hay ya posibilidad de esa soledad reflexiva y paciente, pensativa y dubitativa, que mueve a las ideas. 

¿Qué esperamos de un mundo en el cual ya no queda nada que des-cubrir, no ya misterios que des-velar? ¿Qué de un espacio donde lo que no se dice aparentemente no existe y donde lo que se dice cobra una volatilidad pueril que des-valoriza por completo toda experiencia reflexiva? ¿Qué del amor, qué de la guerra, si solo son comentarios efímeros? ¿Qué queda?








-Los guiones en las palabras, sí, estuve hoy leyendo a Heidegger-.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

De cómo la abundancia es miseria.

Las imágenes que entristecen, las presentaciones con canciones lentas y dolorosas, las visiones desgarradoras, abundan. Es tan fácil acceder a ellas como inevitable. Están en las redes sociales, en los periódicos, en la televisión, en la cotidianeidad, indefectiblemente. Incluso cuando las personas no quieran verlas - aunque a veces esto es más bien la excepción - es casi imposible evitarlas. Esto hace que estemos acostumbrados a convivir con el dolor ajeno, con lo más desgarrador del mundo, con la miseria más baja y la vileza más triste. Pero raras veces nos damos cuenta de eso. Nos compadecemos y hasta lloramos con las historias ajenas por espacio de un minuto, o dos, y luego dejamos de lado esa visión trágica y nos dedicamos a ocupaciones pueriles. Es que no se puede vivir inmerso en el dolor y la miseria, y también de cosas buenas está lleno el mundo; pero cabe preguntarse si tanta abundancia de información puede pasar así tan vanamente por la vida de tantas personas. Es paradójico el hecho de que la mayoría de estas contemplaciones no generen más que una nimia empatía o una indignación pasajera. En el mejor de los casos derivan en una constatación de que el mundo es un lugar trágico y doliente, pero no más. 

No es cosa nueva este entretenimiento superfluo, diseñado para coartar el pensamiento más que para generarlo. Ya lo decía un viejo dicho romano: "Duas tantum res anxius populus optat, panem et circenses" (el pueblo ansioso solo dos cosas desea: pan y circo). Si falta la primera surge la manifestación y la lucha, pero si falta la segunda comienza a gestarse el pensamiento. Ninguna de las dos puede permitirse libremente, porque son las mejores armas contra el poder corrupto. Y sin embargo, seguimos proclamando ansiosos nuestra cuota de idiotez procesada, para evadir los silencios meditabundos y ciertamente provechosos. Tal como dice el dicho, es el pueblo ansioso el que espera, no es algo que debe ser impuesto desde fuera, sino que es algo que las propias personas añoran. 

Es que ya lo dijo Jaspers hace más de medio siglo, el primer origen de la filosofía es el asombro - también la duda, la necesidad de comunicación y las situaciones límite-, y eso es lo que la abundancia de información ha dejado de generar, asombro. Ya no nos maravilla aquello que se ha vuelto cotidiano, no nos deslumbra, justamente porque es diario. Entonces no mueve al intelecto, no lleva a reflexionar en profundidad, y cuestionar con hondura a esas situaciones. No genera dudas, y mucho menos hace que sintamos eso que le pasa a otros como situaciones límite. Por suerte el mundo queda lejos. 

Lo alarmante es que la ruptura de este círculo vicioso ha de surgir de la necesidad de cada uno de no ser parte de este. No podemos seguir depositando nuestras culpas en el terreno ajeno para victimizarnos por nuestra concienzuda pobreza intelectual. Pensar no ha de ser trabajo de intelectuales, que como el mundo, quedan lejos, sino que el intelecto es la capacidad humana mejor distribuida. Estamos tirando por la borda lo más elevado de nuestro ser. Ni siquiera necesitamos grandes producciones, embellecidos discursos o magnánimas escrituras, sino simplemente cuestionamiento, indagación. Es necesario retornar, y es posible para quienes estén dispuestos a hacerlo, a la reflexiva búsqueda infantil de los últimos por qué del universo, y sobre todo de los por qué del mundo humano. 


Quizá se pueda acercar un poco más al mundo. 


jueves, 12 de septiembre de 2013

La violencia nuestra de cada día.

Numerosos individuos utilizan cotidianamente un violento proceder en las actividades que ejercen, cualesquiera que estas sean. Todos hemos sido destinatarios de malos tratos de ciudadanos enojados en sus puestos de trabajo, transeúntes agresivos y desconocidos brutos. Quizá algunos de nosotros hemos sido también esas personas que han realizado actos de violencia a perfectos desconocidos o que los realizamos con personas más cercanas. No son novedosas las problematizaciones como esta sobre la violencia, y tampoco procuro afirmar que su existencia actual es mayor que la de otras épocas; me propongo reflexionar sobre algunas de sus causales.

Causa primera.
La carencia de aptitudes dialogales de muchas personas hace que el mejor modo de manifestarse en su desacuerdo o descontento sea un exabrupto violento. Con esto me refiero no solo a la incapacidad de recurrir a términos del idioma matizados mediante los cuales se puedan graduar las discrepancias, por falta de vocabulario, sino también a la incapacidad de argumentar racionalmente las posturas que se sostienen. Muchas veces esto radica en que la persona que recurre a la violencia para la expresión de ideas, en el fondo, no tiene ninguna idea clara y distinta que expresar. Para ello, hace falta un proceso reflexivo que clarifique lo que ha de defenderse, y que conlleva la elaboración de argumentos fundamentados mediante los cuales se pueda convencer a la otra persona de que lo que se dice es verdadero. Si la persona no realiza este proceso mental, que si bien está condicionado, no está determinado por el nivel educativo que se posea, es imposible entablar un diálogo real con otra persona; sobre todo si la otra discrepa, real o aparentemente con las posturas. 

Con esto refiero al vaciamiento ideológico que hay de fondo en las reacciones violentas. Una persona que es capaz de defender una postura mediante una serie de postulados que se ha tomado el tiempo de meditar y justificar, no recurre como primera manifestación de los mismos a una imposición por la fuerza - sea bruta o de entonación de voz-. No lo hace porque, en principio  se considera capaz de transmitir sus ideas de modo correcto a través de la palabra, y porque considera a su interlocutor lo suficientemente racional como para comprender los motivos que hay tras la postura que sostiene. En ocasiones, también, la reacción violenta se sustenta en una no consideración del otro como interlocutor digno, es decir, se visualiza al alter como un ser inferior, que solo puede acatar indicaciones, como los animales, y al que no hace falta más que acarrearlo, incluso recurriendo a su desmoralización, para que acepte algo que no puede llegar a comprender con contenidos razonables; es la animalización del interlocutor, que lleva consigo la anulación, desde el inicio, del intercambio ideológico humano. Lo que el sujeto violento no puede comprender es que al quitarle la humanidad a aquel a quien pretende "guiar", se la quita a sí mismo, porque anula la posibilidad de ser receptor de ideas ajenas; en su sesgado dogmatismo lunático no hace más que animalizarse al no postularse como sujeto poseedor de capacidad de raciocinio. 

Pareciera que mi argumentación está siendo centrada en un contexto más bien discursivo, pero en realidad, estos postulados pueden aplicarse a cualquier situación cotidiana. Si yo entiendo que alguna persona está realizando una actividad que no considero conveniente, o que valoro perniciosa en algún respecto, es necesario que se lo transmita primeramente en un tono amable, argumento el por qué de mi opinión y solicitando modifique su conducta, en pos del bien común. Lo mismo si alguien me dice a mi mismo que alguna acción que realizo no es buena o causa perjuicios, en ese tono, no solo será mejor recibida, aunque no cumpla con los requerimientos de quien me lo propone, sino que estaré más dispuesto a decirle mis razones para realizar la acción. Los gritos, improperios, y puños cerrados anulan el buen trato, no es novedad.    

Causa segunda.
La imposibilidad de la canalización de la violencia que cada ser humano contiene en sí por ciertas realidades que oprimen la concreción inmediata de sus deseos, es para mí la segunda causa de la violencia que se vive. Como ya mucho teóricos han analizado, el modo de vida contemporáneo, en el cual el individuo se ve sujeto a ciertas obligaciones que le requieren posponer la realización inmediata del placer, hace que este genere ciertas frustraciones que acumula en este diario proceder. En un ejemplo sencillo, podríamos decir que frente a la necesidad de descansar lo suficiente, muchas veces las personas deben interrumpir su sueño para cumplir con obligaciones laborales o de similar índole; esto genera que el individuo interrumpa un estado de placer para cumplir con una actividad que coercitivamente debe realizar, y esto le genera un malestar. Aplíquese este ejemplo a innumerables situaciones, muchas veces inmensamente más complejas. 

En esta rutina de pesar y de interrupción de los deseos es que el individuo comienza a gestar en su ánimo ciertas incomodidades que llegado un punto se manifiestan en conductas violentas. Así, muchas veces personas que no son realmente culpables de la situación en que se encuentra el individuo que se ha frustrado, terminan siendo receptoras de su proceder violento. El malestar que esto mismo genera comienza a producir una cadena de violencia que se desarrolla del modo que tan a menudo logramos visualizar. 

La solución sería que los individuos lograsen canalizar esos impulsos en otras actividades que lo liberasen de esos impulsos violentos. Así, la persona estaría mejor consigo misma y podría entonces desalentar la necesidad de contribuir al círculo de violencia existente. El arte, el deporte, el tiempo libre bien entendido, la concreción de metas personales, y todo aquello que contribuya a que el individuo se realice en su cotidianeidad son formas en que este sentir puede mitigarse. 


Causa tercera.
La normalidad de la violencia, el acostumbramiento a la misma, la trivialización de sus efectos, es el tercer motivo por el cual es tan común que esto suceda. Perder la capacidad de asombro en lo que a los efectos de la violencia refiere, es un modo de naturalizarla, y de quitarle, muchas veces, lo irracional y desnaturalizada que es en sí. Como comúnmente las personas ven, escuchan, saben de situaciones de extrema violencia. Hay millones de vídeos en internet, es cosa sabida; pasan esos mismos vídeos en horarios donde los televidentes son de todas las edades. No importa cuánto intente evitarse, la violencia se inserta en la vida de las personas comunes, al punto de que situaciones que antes podían horrorizar a quien las contemplaba, hoy en día pueden causar desagrado, pero no indignación, pero no extrañamiento, y evidentemente tampoco demasiadas ganas de contrarrestar esta situación por parte de la mayoría de la población. Es claro, si un programa amarillista sube cada vez más su audiencia es porque hay del otro lado una cantidad enorme de personas que gozan con la contemplación de estos actos; los vídeos sobre tragedias filmadas en vivo y directo se vuelven virales en internet en muy pocas horas. Claramente, el ser humano siente algún tipo de atracción natural a la contemplación de la violencia, pero eso es educable, en parte. 

El mejor modo de revertir esta atracción natural que se siente, es no naturalizando la contemplación de la violencia misma, que conlleva, sobre todo en los más jóvenes, una tendencia a la reproducción de la misma. Es simple, si lo que veo a diario, cada vez más explícito y desgarrador, se torna inversamente proporcional a mi incapacidad de contemplarlo, llevar estos actos a la realidad, si bien no es que sea algo que se da automáticamente ni mucho menos - por suerte - en la mayoría de los casos, es algo mucho más fácil. Si la violencia se desnaturaliza, se vuelve a resaltar su carácter de horror, y esto restaura la capacidad de asombro y el rechazo de las personas a situaciones que no son propias de la normalidad. En caso contrario, el acostumbramiento genera una aceptación mayor de la violencia en la realidad. 


Causa cuarta - y final-.
La incapacidad de las personas de plantear situaciones explícitamente, en el momento indicado, es otro componente que alimenta las manifestaciones violentas de planteos de situaciones incluso a veces triviales. Cuando estos no se realizan en el momento en que deben y al destinatario al que deben ser presentados, comienza a gestarse un sentimiento de rencor, muchas veces alimentado por imaginaciones propias de la personas que consigo misma o en conversación con otros, comienza a hacer de los planteos iniciales una gran "bola de nieve", que al momento de transmitirlos a los otros se han trocado en algo mucho más complejo, y que merece una reacción mucho más violenta de lo que hubiese sido inicialmente. Esto es lo que la persona increpado recibe, y por ende, en consecuencia de lo que responde. 

El miedo inicial al "choque" con el otro hace que lo que suceda posteriormente sea aún peor. Si las personas tuvieran la valentía de defender sus convicciones en los momentos indicados, a quienes deben ser dirigidas, y con el tono correcto, muchas de las reacciones de violencia, sea esta explícita o subyacente, podrían ser dejados de lado. 


_________*__________*___________*________________*_____________

Reflexiones finales.
La violencia, tan prostituida en su análisis, no es más que la manifestación de la incapacidad del ser humano de poner en práctica sus facultades más elevadas para el intercambio con los demás. Tal como lo planteaba Pascal, conviven en el hombre la naturaleza de lo más bajo y lo más elevado, y estas dos fuerzas lo tensan como una cuerda jalada desde dos extremos. En tanto su conciencia y capacidad de discernimiento y decisión sean fortalecidas, será menguada la violencia innecesaria. Por algo ninguno de los grandes pensadores de la historia ha arengado a la violencia per se, y aquellos que las han mencionado como herramienta, siempre ha sido para conseguir un fin superior, en el cual esta esté erradicada del todo. No creo que se pueda justificar la paz por la violencia, pero, como dije, hay muchos tipos de violencia que no solo la física que oprimen a las personas en su vida cotidiana. Es por ello que hay que considerar, en cada contexto histórico, si un acto violento puede erradicar de raíz un proceder violento de unos pocos a unos demasiados. Creo que hay medios mejores. 


martes, 23 de julio de 2013

Jesús, que andaba descalzo.

"Jesús le dijo:
Si quieres ser perfecto,
anda, vende lo que tienes
y dalo a los pobres..."
(Mt:19: 21)

Ser cristiano en un mundo capitalista ha de ser algo bien difícil de afrontar si uno es un ser medianamente consciente. Santificar a seres que hacen magia y esperar cosas fantásticas que cambien el mundo, en la era de la ciencia dura, también.

A mí se me presentaron varias contradicciones, siendo la principal la referida a la entrega que la doctrina requiere y a ciertas manifestaciones contradictorias sobre la voluntad de Dios. Partamos de la base de que las iglesias son construidas por seres imperfectos, que alaban a un Ser Perfecto, cuyos designios, asumen desde el comienzo, no pueden comprender en todas sus implicancias. ¿Cuánta validez tienen entonces, desde el inicio, las afirmaciones que se hacen a cualquier respecto de lo que Dios quiere para los hombres? Se me presenta claro el poder político e ideológico que tiene la iglesia sobre miles de almas que actúan bajo sus designios por la búsqueda de la trascendencia. Creo que muchas de esas miles de almas no visualizan que lo único que hay seguro es el aquí y el ahora, y las cosas que se hacen han de ser productoras de un gozo terrenal - quitemos de esta formulación toda idea de solo gozo carnal -, porque de lo demás no podemos estar seguros. Con esto no estoy queriendo hacer apología de un 'carpe diem' mal entendido, por el contrario, propongo, con miras a una trascendencia posible, goce de cada una de sus acciones y reflexiones diarias, valore las cosas concretas por sí mismas y no en pos de una sumatoria de actos que lo lleven a otra cosa que no el aquí y ahora, mejor, de seguro.

El problema principal de asumirse cristiano es señalar a los demás, cuando la génesis de esta creencia es justamente no hacerlo. La humildad es un valor fundamental que increpa la posibilidad de sentirse elegido por la adhesión a un dogma; esto es paradójico. Es humano sentirse regocijado en el ejercicio de la verdad - aunque podríamos discutir si no nos movemos simplemente en el plano de la certeza -, pero es cuestionable hacerlo cuando esta verdad asemeja a todas las personas, la posean o no. 

La complicación de vivir para El Más Allá, es que en el más acá las divisiones que se zanjan entre los individuos hacen que algunos estén hundidos en el barro y otros bailando en salas de oro sólido. Yo tendría miedo si fuese de la segunda casta. No creo que a Dios le baste con purgar los pecados en las confesiones de los Domingos. Ya Jesús dijo 'los últimos serán los primeros' y ¿hay gente rica que aún cree que va a poder ir al cielo? No ataco a la gente que trabaja, como muchos me podrían decir, que se 'ganó' su riqueza en base a su esfuerzo. Simplemente hago cuestionar aquellos que al mismo tiempo que acumulan capital a través del trabajo ajeno, dicen que hay que dejarlo todo para seguir a Jesús. ¿Qué has dejado, más que la vergüenza, al decir esas palabras? Dar TODO por amor, no es dar lo que me SOBRE, sino dar TODO, lo que tengo. De otro modo, más vale callar que proferir injurias.

Siempre me ha parecido que en la defensa máxima de estos valores como estandarte de la vida se tiende a incurrir en este mar de contradicciones, en las cuales, Biblia en la mano derecha y billetera en la izquierda, el ser humano deja patente su intrínseca oposición entre ideal y realidad. El Reino de Dios, tal como dicen las Sagradas Escrituras, no se va a instalar por sí mismo en la tierra, si no son los hombres los que los instalan. ¿No es momento, entonces, si tanto lo defendemos como lo que se quiere, de generar condiciones para que el Amor de Dios sea equitativamente repartido entre todos los seres humanos que han nacido en la tierra?

En estos días miles de personas viajan desde su país para recibir agua arrojada por el Papa, a través de la cual se reciba el amor de Dios; mucho más que con el agua de la lluvia, en apariencia. Ese Papa que se alaba porque ¡anda en tren!, ¡saluda a la gente!, camina en vez de andar en auto, y habla con los mandatarios del mundo, enviando saludos a los pueblos. Mi gran pregunta a este respecto es cómo a las personas no les resulta absolutamente contradictorio alabar a un ser humano porque hace las cosas que todos los demás seres humanos hacen, cuando supuestamente representa al Hijo de Dios en la tierra, quien no sólo andaba semi-desnudo y descalzo, sin ninguna posesión material a cuestas, que abrazaba a los enfermos con las infecciones más contagiosas y escuchaba a todo ser, por miserable que pareciere, porque entendía que todos somos igualmente valiosos para el Sempiterno. ¿Por qué, entonces, ir a alabar al Papa como si fuera un cantante de moda, con gritos y llantos, mientras rodeado de guardia policial recorre las multitudes bendiciendo de lejos a los fieles que se han congregado allí, tras haber desembolsado una cantidad de dinero importante porque los costos de esa jornada no son nada reducidos? ¿Solo a mi me salta a la vista que el pueblo de Dios no es aquel que se congrega para alabar a una celebridad eclesial, sino que el que todos los días le da la mano al que está caído, contribuye a subsanar las desigualdades del sistema y lucha por la igualdad radical de los hombres? ¿Es acaso erróneo pensar que Jesús hubiese preferido que el dinero invertido en la satisfacción de estar a escasos metros del Papa, se hubiera invertido en algo que genere mejores condiciones para las personas que habitan el mundo? ¿O es que Dios está allí donde los ricos pueden acceder, y se ha alejado tanto de los pobres porque estos no pueden pagar un pasaje de avión ni un carísimo hotel para ver a su representante en la tierra?

¿O no será momento, de una vez por todas, de abandonar tales discursos vaciados de sentidos y admitir que aquel Paraíso en la Tierra en imposible de construir en la realidad, que hay Hombres mejores que otros, y que merecen más la gloria y alabanza, que Dios se ha olvidado de unos cuantos y que más vale vivir en la lógica del capital y del gasto desmedido que dar la vida y las propiedades para crear una SOCIEDAD JUSTA?


jueves, 18 de julio de 2013

Disquisición sobre el sistema y la caridad.

Los actos de caridad me han provocado, desde siempre, sensaciones encontradas y me han posicionado en una encrucijada a la hora de emitir juicios al respecto. No me siento, como tantos, en la posición de juzgar moralmente las conciencias de aquellos quienes realizan actos de caridad, incluso de las grandes organizaciones que lo hacen, aunque no puedo ignorar que muchas de ellas tiene motivos aledaños para llevarlos a cabo. 

No creo estar ante un tema que sea analizable fácilmente porque hay motivaciones intrínsecas, quizá procedentes de unos valores católicos subyacentes en la moral laica que mueven a los individuos a actuar en la inmediatez de las situaciones de carencia de sus semejantes. Y esto, repito, no me parece en principio condenable, porque la indiferencia ante la necesidad del desamparado, sobre todo si esta se plantea en términos de supervivencia, es uno de los mayores males que puede acaecerle a una sociedad. No es allí donde yo veo el dilema.

La problemática se genera, en primer término, a partir de la consideración generalizada de que en las acciones concretas culmina lo que se llama caridad. La falta de visibilidad de un horizonte posterior a la realización del acto caritativo alimenta el círculo vicioso de: por un lado, la generación de dependencia a estos actos de benevolencia individuales para la subsistencia de determinados grupos - y en algunos casos, su ensanchamiento-  y por otro, descorrer la mira de la necesidad de implementación de planes de acción provenientes de los organismos estatales o sociales correspondientes, que eviten lo primero.

En los países donde se producen crisis económicas - caso 2001-2 uruguayo - que profundizan las brechas entre los estratos de la sociedad y su capacidad de consumo, comienzan a gestarse círculos subculturales, muchas veces opuestos a la cultura dominante, con dinámicas y valores propios que contribuyen a zanjar también la vida cultural de los habitantes. Esto evidentemente dificulta la convivencia y la inserción de los individuos que nacen y se crían en este contexto, en los cuales valores como los del trabajo o el esfuerzo, ya no son tales. Esta realidad, también, tiende a gestar un sentimiento, en algunas personas, de asimetría, que trasciende la dimensión económica, y se traslada a lo moral. A partir este sentir pueden surgir dos modus operandi: o la conmiseración por "el que tiene menos", y la caridad pura y dura; o el desprecio. No voy a hablar del segundo, porque creo que es una actitud infundamentada y de por sí despreciable, e indigna de consideración, ya que radica en la dimensión más miserable del ser humano: el egoísmo.

La problemática que motiva este escrito sería entonces: qué se entiende por "caridad" y si esta se ejerce impulsada únicamente desde la "misericordia" hacia la otra persona, y qué implicancias conlleva esta idea.   

La caridad es la actitud solidaria ante el sufrimiento ajeno. Si la ayuda al prójimo se realiza desde un sentimiento de superioridad ante los otros, es juzgable. Lo mismo si se utiliza para sentirse bueno o lavar la propia conciencia. Al hablar de emisión de juicio nos referimos a ser catalogado como algo malo

Bajo ningún concepto un acto humano puede fundarse en la consideración de que un ser humano es ontológicamente superior a otro. Creo que no es necesario explicar el accionar que tuvieron movimientos ideológicos, como el nazismo, que basaron su procede convicciones similares. Sin importar el modo en que surge o se gesta una vida humana, o el lugar que ocupa en la sociedad, esta posee el mismo valor que todas las demás, y por ello, por más aparentemente "buena" que sea la acción que se ejerza sobre otro, no se puede partir de una idea contraria; basta recordar la formulación kantiana de la moral en la cual la bondad de los actos radica en la buena voluntad de los mismos - entendida como todas las dimensiones que alrededor de estos se forjan-.

Si bien, que la caridad sea movida por la necesidad de ayudar al prójimo en un momento concreto, sin mayor alcance, no es bajo ningún concepto catalogable como malo; esto genera en la realidad ciertas dinámicas que tienden a enviciar la transformación social real. El problema, además, es qué tan ajeno es ese sufrimientos cuando en verdad se genera por las dinámicas de una sociedad que cada uno de los individuos acepta al ser participe de esta y no intentar cambiarlas en sí mismas. Es decir, si yo me adapto, y por ende, soy cómplice de un sistema que genera desigualdad, la forma de apropiarse del cambio de esa desigualdad es modificando la estructura que la genera, sino esta no se revierte realmente. 

En la realidad esto es así porque por un lado, las ganas de ayudar, incluso la misericordia, no son motivaciones constantes en los individuos. Pueden, incluso, revertirse facilmente ante planteamientos externos a las propias convicciones. Ejemplo claro de esta afirmación es la participación de muchas personas que por una parte defienden o adhieren a agrupaciones cuyos fundamentos radican en que hay que ayudar a los demás, pero por otro, participan de manifestaciones para desalojar a los vagabundos de los espacios públicos, encarcelar menores, en lugar de educarlos, y - lamentablemente - tantos otros ejemplos. Estas contradicciones, que evidentemente son inherentes al ser humano, a la larga fomentan una estructura inestable de ayuda itinerante, parches legislativos que buscan aplacar emergentes actuales, y como consecuencia, provocan varios vacíos en la acción de cambio verdadero.   

Por otro lado, estas acciones, que como mencioné emparchan situaciones, no tienen una proyección real, que logre revertir a las mismas en un largo o mediano plazo. Peor aún, generan una contención ficticia en el desaborde de esas realidades de necesidad, la cual no se plantea con andamiaje a una modificación futura, sino en un momento determinado. Con esto provocan que las acciones verdaderamente transformadoras, no se consideren necesarias u oportunas, lo cual repercute en una reproducción de la misma situación a través del tiempo, y no en su modificación. La estructura sistémica, entonces, permanece intacta, generando desigualdades en la misma escala que siempre, y los individuos, sin embargo, se sienten complacidos de observar cambios reales, cuando en realidad observan pantallas de esa continuación de la diferencia. 

Concluyo, en base a esta planteo, que los actos de caridad no son malos en sí, pero sus consecuencias son negativas para la organización social. Es necesario crear soluciones orgánicas para la entidad del colectivo social, para las cuales se requieren individuos reales, que pueden ser aquellos mismos cuyo sentir misericordioso mueve a compadecerse e intentar cambiar las miserias ajenas. Este ensayo busca crear una conciencia sobre esta temática, para cuestionar prácticas tan enraizadas en el ánimo social e insertar una visión crítica de lo que implica el amar a los otros como a nosotros mismos, para intentar establecer la igualdad verdadera que esto debiera conllevar. 


miércoles, 17 de julio de 2013

Es lo que hay, valor. Hay valor.

Hola, soy profe. Hace una hora y media estoy sentada en la mesa de la cocina, escuchando música lenta, tomando mate y corrigiendo escritos. Voy corrigiendo seis; los leo con cuidado. Marco errores, felicito logros, puntúo lo escrito y doy un juicio y nota final. Aliento al que no logra lo mínimo para la suficiencia y aliento también al que sí. Agarro cada uno de los escritos y veo una cara, en general una sonrisa transparente. Veo una historia, una personalidad, un alguien en quien influye lo que le digo. Una persona en formación que espera de mí toda mi atención y mi cuidado para ser mejor. Por eso hace horas que releo respuestas tan diversas a las mismas preguntas, porque cada uno de los autores de estos escritos se merece lo mejor de mí. 

No soy diferente de otros profes. Tengo casi doscientos alumnos a los que dedico el mismo tiempo que ahora. Veo la pila de hojas y me desespera saber que voy a tener que invertir tantas horas en prestar la debida atención a cada una. Pero cuando se los entrego en la clase y pueden lograr una autoevaluación de sus logros y carencias, me gratifico. 

No soy una mártir por esto, yo lo elegí. Estoy feliz de haberlo hecho. Afuera hace sol, y me dan muchas ganas de sacar mi mate y mi mente un rato a algún espacio abierto, antes de la ola de frío que se pronostica para mañana. Pero tengo que ocupar estas horas libres en mis alumnos, porque es parte de mi tarea, aunque no sea monetariamente redituable. 

Me di cuenta de que con el último tema que planifiqué, no se engancharon mucho los estudiantes. En intervalos irregulares intercalo la corrección con la lectura de materiales pedagógicos y conceptuales de mi asignatura. Además armé una plataforma virtual, para que los gurises tengan un mejor acceso a los contenidos del curso. La tengo que ir actualizando para que esté todo, y contestar las dudas que les surgen y que mediante esta me plantean. Tengo en la cartera un libro nuevo que leo y estudio y del cual me parece que algunos materiales pueden servir para complementar con lo que estamos trabajando. 

Se me ocurrió una idea que puede servir para que dejen de ver los conocimientos como compartimentos estancos, así que hablé con otros profes para coordinar. Como no nos alcanzan las horas que nos pagan de coordinación, armamos algo por email y en conversaciones de pasillos. Además nos tenemos que juntar a corregir y a evaluar resultados. 

No me quejo, aunque así pareciere. Pero quisiera mostrar que los cuarenta -y cinco - minutos u noventa que tengo, una, dos o tres veces por semana, no son lo único que hago cuando digo que soy profe. Mis alumnos son más para mí que una ocupación ese par de días. Pienso en ellos cuando veo películas, escucho canciones y accedo a internet. No hace mucho que me recibí y recién me estoy adaptando al trato con ellos, y me doy cuenta de que necesitan mucho de lo académico, pero además requieren un apoyo más constante para su aprendizaje, que se base en vínculos humanos. 

Entiendo de que las condiciones en las que estudian no contribuyen en su formación. A veces tienen paupérrimas condiciones de vida, familiares y de alimentación, y llegan a un liceo que se cae - literalmente - a pedazos, o cuyos espacios no son suficientes para habitar con comodidad, y cuyos tiempos son limitados, y una vez que finaliza lo formal deben retirarse porque no se pueden quedar todos juntos, no hay lugar. ¿Quién se puede tomar un rato para mostrarles lo que valen realmente, hablar con ellos de sus preocupaciones o plantearle propuestas nuevas para hacer en el liceo?

Hay profes que no tienen de dónde sacar tiempo para pensar cosas nuevas o corregir con cuidado - algunos no quieren, pero otros no pueden-. Eligen, con razón, no darle a este Uruguay más hijos abandónicos, legados a la deriva de la crianza realizada por algún extraño. Otros profes no tienen recursos, monetarios en este caso, de donde sacar materiales para hacer actividades atrapantes. Esas cosas salen dinero: las cartulinas, los marcadores, las fotocopias; y como los gurises no tienen muchas veces, y el sistema no lo da, lo tienen que sacar de su propio bolsillo. Eso condiciona la calidad de las clases. 

No estoy descontenta con mi situación de vida. Soy feliz de pensar y trabajar cada día para estos adolescentes, e imaginarme que con mi granito de arena contribuyo a que el día de mañana sean personas formadas, pensantes, y más felices. Lo que sí me entristece es que no se entienda esta realidad, que se juzgue desde pedestales lejanos. Los que critican muchas veces no conocen ni un rostro adolescente, de estos de verdad, con problemas reales, o no han tratado con estos en más que una ocasión esporádica. Si uno es humano sus situaciones de vida, aprendizaje, y por ende, desarrollo como personas, le pesan en el sentir. 

Pero es más fácil tildar a los profesores de reaccionarios, de patoteros o de avaros. Eso sí me duele. Yo pido lo que es justo para una tarea que debe ser considerada como esencial en la sociedad y salvaguardada como primaria en la vida de las personas. La igualdad no existe en la realidad, si no surge de las oportunidades de educación desde la infancia. 

Por eso, en este ratito que me tomé para poder expresar este sentir hondo, iluminada por los rayos del sol de la tarde y acompañada aún por el mate y la pila de escritos, pido a quienes hablan, que hagan el ejercicio - al menos racional - de considerar lo que implica ser docente, y el valoricen como se debe esta dignísima tarea.