El debate sobre la educación está tan en boga en la actualidad, con versiones tan diversas y contrapuestas que todo el mundo se siente en el derecho de opinar sobre el tema. Este hecho me resulta formidable. No puedo evitar proferir un 'por fin' al ver que el pueblo uruguayo se ha decidido a apropiarse de una temática que le concierne enteramente.
Para contribuir a la sistematización de este debate, me resulta necesario clarificar, sin realizar ningún aporte novedoso más que la clasificación misma, los tópicos que han de ser centrales en la problematización educativa:
1. ¿Quién debe educar?
En principio, todos los que tengan algún conocimiento para transmitir, es decir, todos. Si se pierde la visión de que la formación de las nuevas generaciones atañe a todos aquellos que poseen una experiencia de vida social, se lega el problema de la educación a un grupo reducido de individuos cuya función específica radica en la transmisión de saberes concretos. Y no es así, para nada.
Con esto no estoy diciendo que todos los actores sociales tengan la misma relevancia en el hecho educativo, porque es ingenuo. La complejización y diversificación del conocimiento acumulado por la humanidad ha devenido en la formación de personas que se especializan en la transmisión de saberes, llámense: docentes. De ellos - nosotros -, de su formación, su profecionalización y actualización, depende gran parte de la tarea educativa, pero no toda.
No creo necesario remarcar lo influyente de la convivencia diaria familiar, barrial, la avasalladora predominancia de los medios de comunicación masiva en la vida de los jóvenes de hoy, y el valimiento de la relación inter-pares, pero afirmo que aporta al planteo.
Todas estas dimensiones de la vida han de ser contempladas al pensar quién debe educar, porque la educación no es una tarea que se ciñe a un lugar y a un momento determinados en la vida de las personas, sino que es un proceso que trasciende ampliamente los ámbitos formales e impacta en toda la vastedad de cada vida humana.
2. ¿Quién debe opinar sobre Educación?
Legar el debate educativo a los políticos, y dedicarse a criticar las medidas que estos tomen, actitud que ha tomado históricamente gran parte de la ciudadanía, es una opción; pero debe entenderse como un 'accionar' en relación a este tema, así sea un 'actuar por omisión'. No podemos olvidar que quienes nos gobiernan ocupan sus puestos a raíz de una opción democrática de los votantes, en quienes recae el derecho y la obligación de controlar la gestión que los mismos realicen. La convicción de que el pueblo no tiene herramientas para incidir en las decisiones gubernamentales sobre educación -entre otras - es un prejuicio que hay que desmantelar; sabiendo esto, lo demás es desidia pura.
Centrar la discusión en la experiencia docente, me resulta, por otro lado, relevante, aunque no deba de ser un elemento sesgador de la complejidad que la problemática conlleva. La educación no es solo la tarea docente, ni puede dejarse a la vera de los trabajadores de la educación tamaña responsabilidad. Creo importante incluir en la temática el conocimiento de la tarea que tienen los profesionales de la educación, porque en su tarea está la mirada amplia sobre lo que el rol que poseen a nivel social. Los docentes son los que día a día se enfrentan a la difícil tarea de formar individuos, y por ello, sostengo que su visión, forjada desde el desempeño de la acción educativa es imprescindible para vincular la teleología general que conlleva la educación con la realidad concreta. Aunque, repito, no ha de ser la consideración definitoria, ni mucho menos la única a considerar.
Opinar podemos y debemos hacerlo todos, cada uno desde el lugar que le compete, claro está. Pero no podemos perder de vista que cuando hablamos de 'Educación' hacemos referencia a la formación de todos, y por ello, no podemos impunemente legar esta responsabilidad a un sector de la sociedad, sean los docentes, sean los políticos, o quien sea. Apelo, y quiero clarificarlo, a que la formulación de dichas opiniones se realice en el marco de la información, la fundamentación y la búsqueda de idoneidad desde la práctica experiencial. Quiero desmantelar los planteos que se gestan únicamente de la crítica, tan necesaria, pero que evitan la, quizá aún más necesaria, dimensión de la construcción, la propuesta de cambios reales y realistas, y el compromiso teórico y activo para la transformación de la realidad educativa.
3. ¿A quiénes educamos?
Educamos a seres humanos con todas sus complejidades, sus realidades, sus vivencias, sus contextos, sus expectativas, sus posibilidades y sus particularidades. Educamos a los hijos de todos los uruguayos, de todas las clases sociales, de todos los rincones del país y criados en contextos con diversas influencias políticas, procedencias étnicas y creencias religiosas.
Educamos, y en esto quiero ser declarativa, a seres maleables, influenciables, ante quienes tenemos la responsabilidad de no improvisar y de contribuir, con toda la seriedad que la temática exige, con su educación, porque cada una de nuestras acciones influye directamente en su desarrollo personal. Todo esto ha de plantearse sin olvidarse nunca de que educamos a individuos que traen consigo tanto vivencia como novedades -en el sentido de que son alguien distinto a todos los demás- y que debemos lograr que sean participes de su propia formación, ya que son también sujetos de derecho.
Nuevamente afirmo que cada uno de los actores de este proceso ha de posicionarse en él desde el rol que le concierne, sin dejar de lado el hecho de que todos son imprescindibles para que el mismo se lleve a cabo.
Soberbio sería decir que no nos educamos a nosotros mismos al plantearnos sucesivamente los fines de nuestra existencia, nuestro rol en el desarrollo de la historia del mundo. El ejercicio de pensar sobre estos temas implica abocarnos a lo más elevado de nuestra condición humana, la formación de nosotros mismos.
4. ¿Para qué educamos?
Claramente, para obtener resultados. La complicación radica en cuáles son estos fines y para qué se persiguen. Educamos para insertar a las generaciones jóvenes en una determinada sociedad, y ¡suena tan fácil! pero dicho proceso implica tener en claro: qué tipo de sociedad se busca, qué tipo de individuo requiere esa sociedad, qué valores ha de tener dicho individuo, qué metas, qué posibilidades, qué accionar. Eso debiera ser, principalmente, el objeto del debate. Desenfocar la discusión de este eje es lo que ha llevado a recaer en discursos centrados problemáticas secundarias, no por ello menos relevantes, pero que no son la esencia del proceso educativo.
Creo que deberíamos, como sociedad, como individuos, y sobre todo, quienes lo somos, como docentes, plantearnos esta pregunta con la seriedad y profundidad que reclama. En nuestras manos está el modelo de hombre que estamos construyendo. No podemos resignar del planteo el inminente contenido antropológico que conlleva, ya que en esencia la educación es eso, la aplicación en individuo concretos, reales, contradictorios e influenciables, de un 'tipo humano', de una posibilidad de las tantas que existen de desempeñarse como seres humanos.
Con esto me propongo, además, descentrar el eje del debate de la medición de calidad en términos cuantitativos. El aprendizaje se valora -y valoriza- , se vivencia, se proyecta, y aunque no voy a negar que las estadísticas son una herramienta para sondear ciertos procesos, no son más que eso, no más. El aprendizaje es imposible de reflejar numéricamente, mucho menos debe ser objeto de especulación estadística, y sus resultados 'formales' no pueden ser, bajo ningún concepto, los únicos indicadores de la calidad y realidad del mismo.
En términos generales educamos para la convivencia democrática, pacífica y que genere la integración de todos a la realidad político - social nacional. La educación debe, sostengo, valorar las particularidades de cada contexto y de cada individuo, para fomentar las potencialización en el desarrollo de cada uno de los mismos. El planteo se realiza en la línea de la definición aristotélica de justicia la cual - palabras más, palabras menos - se basa en la idea de dar a cada uno lo que le corresponde. De nada sirve una educación que genere diferencias en los iguales en derecho; y a este respecto recalco que hay que problematizar también la integración no solo de la educación pública consigo misma - camino que tímidamente se ha empezado a recorrer últimamente - sino también con la educación privada, realidad que - guste o no - existe y funciona como fuente educativa de un porcentaje de los jóvenes uruguayos. Dejo esta línea abierta al debate.
A modo de síntesis.
no conclusiva.
Aprovechando y fomentando el momento histórico que enfoca su mirada en la educación, creo que somos responsables de gestar una construcción real y colectiva de propuestas para nuestra educación. Evidentemente no tengo las respuestas a los problemas planteados, ni espero tenerlas todas. Mi contribución se gesta en la convicción de que existe una riqueza invaluable y superior en aquello que se sopesa desde diversas perspectivas, que deciden unirse en pos de un fin común y tan relevante. Entendiendo que el aporte de cada uno hace la diferencia en el resultado que se produzca. A esta contribución, sincera, humilde y convencida, apuesto.